Nuria Amat: un agujero en el espejo

Capitulo del libro MEMORIA Y ESPANTO de Néstor A. Braunstein. México, Siglo XXI Editores, 2008.

Capítulo 8
NURIA AMAT: UN AGUJERO EN EL ESPEJO
1. ― Por la ventana de enfrente
Nuria Amat es una reconocida novelista catalana que escribe en castellano, autora, para citar tan sólo sus tres últimas novelas, de La intimidad (Alfaguara, Madrid, 1997), El país del alma (Seix Barral, 1999) y Reina de América (íd., 2002). Ha publicado también un notable libro de breves ensayos, muchos de corte autobiográfico, intitulado Letra herida (Alfaguara, 1998). En Babelia, suplemento cultural de El País, el 23 de junio de 2001, dio a conocer un artículo muy escueto encabezado como “Vida de escritora”, en el que narra su “primer recuerdo de la infancia que tiene que ver con la locura y con el suicidio”. Como se ve, otro “ínfimo papel”, un petit papier, nuevamente un fragmento aislado que se publica en un suplemento cultural, de México antes, de Barcelona ahora,1 que se agrega a la marcha de nuestra cavilación. Para enmarcar su recuerdo, ella aporta ciertos datos personales que no podían menos que llamar nuestro interés, enzarzados como estamos en el tema del “primer recuerdo”, del “hueso de la memoria” que, según la intuición freudiana, organizaría la vida de muchos seres humanos y que, según Cortázar, está anclado en el terror. Tanto en sentido prospectivo como en sentido retrospectivo.
En la nota de Babelia, Amat relata “esa experiencia terrible para una niña de ver como una mujer colgada de la ventana de la casa de enfrente está a punto de caer en el vacío”. Es discutible que tal sea su primer recuerdo, puesto que en La intimidad cuenta que esa señora, divisada desde su “privilegiada ventana” (¡?) que daba al manicomio de enfrente, había sido vista antes por ella “algunas veces”. La imprecisión y la duda caracterizan, necesariamente, siempre, sin excepción, al primer recuerdo. Recuperando una pregunta ajena pero similar a las que hicimos al comenzar este recorrido por “tierras de la memoria”: “¿Cuándo empieza exactamente el recuerdo, siempre caprichoso y enemigo de cualquier obediencia (…) si los recuerdos se sumergen en la misma atmósfera de los sueños?”2
Sea como fuere, esa reminiscencia, primera o no —nadie puede asegurarlo—  es la columna vertebral de su trayectoria de escritora y de sus relatos. Es la fuente de su obra, el momento de su nacimiento a una segunda vida, la de los enigmas terribles que querrá explicar(se). La loca suicida, vista por la ventana como los lobos en el sueño del paciente de Freud, será un ritornello obsesivo en sus páginas porque responde, para ella, de manera fantasmática, al misterio de la temprana desaparición de su madre cuando Nuria era niña, en el tercer año de su vida.
De la mujer su madre, la escritora en flor no atesora nada en la memoria, es decir, en la memoria “oficial”, en los archivos de su yo. Afirma que, no teniendo nada que le hubiese quedado del cuerpo donde se formó, ella “es hija de palabras” y, como la loca de bata blanca de su primer recuerdo, “queda suspendida de un infierno de silencio”. Presentándose como efecto de lenguaje (“escribir para nacer”) niega su origen corporal o se da a sí misma el ser como “verbo encarnado”, como criatura con un solo y tardío nacimiento: el asomo traumático al lenguaje que está sumergido en un recuerdo siniestro.
La madre tuvo tres hijos en rápida sucesión. Nuria es la del medio, la “mujercita”. Tras dar a luz al tercer hijo la mujer no regresa de la maternidad sino que pasa directamente a un “balneario” donde muere sin que nadie sepa bien por qué. La inferencia del suicidio3 es avalada por una multitud de indicios aunque nadie pronuncia las palabras decisivas que despejarían la bruma en torno a esa muerte. Lo que el adulto, concretamente el padre, calla, es rellenado por el niño: Nuria nos presenta su fantasma infantil: “La futura escritora busca confundir a su madre con la loca encerrada en el altillo del manicomio de enfrente”. Subrayemos el verbo “busca” pues ese verbo apunta más al deseo y al goce en una respuesta confirmatoria que a la angustia en una interrogación sin final. Ella puede, gracias a la memoria episódica, convertirse en testigo presencial del hecho que es la cifra y clave de su vida: la silenciada desaparición de su madre4 que se fue sin decir una palabra y sin despedirse con una carta de adiós. El espectáculo de la mujer colgada de la ventana, sostenida por un médico que finalmente la deja caer, funciona a modo de “oráculo” (según la atinada designación de Martha Robles), a modo de imprescindible punto de referencia, de imán maléfico y de incitación a salvarse registrando en “letras heridas” la irrupción de la locura y la muerte. El oráculo del recuerdo, espeluznante como éste es, llama a fabricar amuletos que protejan contra su influjo, a instalarse de por vida en una escena de narraciones que envuelvan lo irrepresentable de una ausencia.
El recuerdo traumático de Nuria Amat tiene dos postigos que convergen para cerrar la ventana de su alma: uno, latente, es la enigmática muerte de la madre en un lugar indefinido, mantenido largo tiempo en secreto; el otro, manifiesto, visto con“ojo de cámara fotográfica”, es el suicidio ante su infantil mirada de una “loca” junto a su ventana de huérfana. El recuerdo quema (O rimembranza amara!): demencia y muerte y dolor insoportable de la vida asedian a la mujercita que se ha quedado sin palabras o con sonidos que se atraviesan como lagartijas tartamudas en su lengua.
Perdió a la madre en el tercer año de vida. De ella le quedan un hermanito recién nacido, un baúl con ropas viejas en las que atisbará aromas que se desvanecen, pálidas fotografías y confusos recuerdos ajenos que le llegan a través de algunos personajes envidiados que efectivamente conocieron a su madre, la de sangre y sonidos articulados. En su artículo de Babelia cuenta
Seguramente debí decir las primeras palabras de la infancia cuando mi madre fantasma estaba delante para recibir mi voz y festejarla, pero nadie me asegura tal cosa… Al morir mi madre, yo, que aún no hablo, me quedo sin el lugar del habla. Me roban la memoria. Dicen que mi madre era catalana”. [Advertimos la contradicción entre "seguramente debí decir" y  “yo, que aún no hablo”; los adverbios son delatores profesionales]
Amat infiere que era “una niña muda” que “no empieza a hablar hasta bien entrados los cuatro años”. Podemos arriesgarnos a rechazar la contradicción aunando las dos afirmaciones: Nuria habló, como casi todos los niños, en el segundo año de su vida; sus ocurrencias eran celebradas, su ingenuidad festejada. Luego, repentinamente, la madre se fue para dar a luz al anunciado hermano y no regresó de ese viaje. El cuervo de la tragedia que revolotea sobre su casa, construida frente al manicomio, justamente ahí, la deja sin palabras. El espíritu y el habla de Nuria Amat mueren y reciben sepultura en la siempre visitada tumba de la madre mientras que su frágil cuerpecillo insiste en pervivir. La niña se borra del espejo que era su madre y debe volver a nacer. Lo hace lentamente, en un parto sin lengua materna, que se prolonga hasta esos cuatro años de edad y se prosigue en la tartamudez, en la angustia que —debemos creerle—  le acomete cada vez que tiene que tomar la palabra.
El segundo nacimiento a la palabra no repite al primero. Por una parte, cuando se decide a hablar lo hace “en castellano, en el idioma de mi no madre… un idioma inferior para la familia que se jacta de ser sencilla y profundamente catalana”. Su inclinación por la lengua de Castilla, la lengua del invasor, la lengua oficial de sus compañeros en la escuela franquista, sanciona la traición de la madre y el distanciamiento de la incipiente escritora
En este idioma mío, de mi madre sólo queda el agujero negro de su desaparición. El idioma importado me excluye de las conversaciones familiares. Me rebelo contra el idioma de la madre ausente.
Sin saberlo en su momento, Nuria Amat toma la misma decisión que James Joyce. Él rechazó el gaélico de sus antepasados irlandeses y se volcó sobre la lengua de Shakespeare, degradada por la vulgaridad del habla cotidiana de los ingleses victorianos. Y Amat hablará y escribirá en la lengua de Cervantes, esa lengua abaratada por la censura y la chatura espiritual del régimen de Franco. Irlandeses y catalanes (Shaw y Wilde, Goytisolo y Plá) se vuelcan sobre la lengua del invasor para restituir filo y brillo a “la estirpe increada de su(s) raza(s)”.
El otro punto en que el segundo nacimiento, post-materno, diríamos, difiere del primero, es capital: Nuria pasará de la palabra hablada (“Cuando voy a hablar, algo irrefrenable se dispara en mi cabeza para recordarme mi color de orfelinato”) a la palabra escrita. Se refugiará en la opulenta biblioteca catalana del hogar paterno5
No tuve más remedio que cambiar la lápida por los libros. Los libros me hablaban. Creía oír a mi madre a través de ellos. Me hablaban del silencio de mi madre abandonada (…) Las novelas eran como espejos del recuerdo. En ellas me veía o no me veía, según fuera el capricho del más allá de mi pobre madre. Las novelas me contaban el silencio de la muerte de mi madre (…) Siempre tuve la impresión de que la biblioteca formaba parte del cementerio aquel en el que tenían secuestrado el cuerpo de mi madre.
Nuria Amat es hija de Gutenberg y habitante de su galaxia. Exiliada del ausente cuerpo de la madre y de la lengua de la familia, con los labios cosidos por una palabra que le falta tanto como al Moisés de Schoenberg, escoge su carrera: será bibliotecaria, será escritora y novelista, buscará el silencio y acabará, necesaria y paradójicamente, haciendo públicas sus intimidades. Parirá a sus libros con dolor. Será también, en su natal Barcelona, profesora de la Escuela de Bibliotecarios. La biblioteca es un mundo poblado, a diferencia del otro, por objetos mudos, confiables y comprensibles. Los libros, a diferencia de los humanos que piden respuestas, admiten con indiferencia el silencio de sus lectores. Ellos reposan, impasibles, esperando ser llamados por las trompetas de un impredecible lector, como reposan los esqueletos mientras llega el día del juicio que levantará sus losas. El espacio vital será sepulcral: una biblioteca, “una isla flotante de compasión y tristeza colocada en el centro de mi casa”.
Amat emerge de la inicial ausencia de su madre, de la ambigua relación con el padre y de la imposibilidad del habla que la clavan en la contemplación del espectáculo que se desarrolla, pasando sobre el alféizar de su ventana, en el loquero de la casa de enfrente con el espectáculo de la mujer-madre suspendida, primero, en el vacío y cayendo, después, en una cámara lenta, eterna. Emerge de ahí gracias a un arreglo particular: el padre, mitad bibliófilo, mitad bibliómano, permite que la niña se interne en su cubil, en los nueve mil volúmenes que ahí conserva. La mayoría de los libros paternos están en catalán, el idioma del que ella abominaba. El padre le pide que ordene y clasifique su tesoro. Ella, la niña, se considera “hija de una biblioteca abandonada”, mientras que el hombre encuentra en su orgullo de bibliófilo, en su compulsión bibliomaníaca, emblematizada por Henri Boulard6 o por el doctor Kien de la novela de Canetti, en el goce de la posesión de los libros, un valioso tesoro que es para él —y Amat así lo escribe— “(casi) la esposa de mi padre”7, “un cementerio para vivos en el que podían perfectamente haber enterrado a mi madre”.
La escritora cuya vocación asoma es sobornada (con libros, ¿con qué, si no?) por su padre para que ejerza el oficio de bibliotecaria y la joven se somete, gozando, a sus demandas.8
Sólo una hija obediente acepta de su padre encargos como aquél. Yo era la hija desgraciada de un padre desgraciado, y esa condición te lleva a aceptar graciosamente encargos y favores que ninguna otra hija habría estado dispuesta a asumir a cambio de dinero o siquiera de una buena cantidad de libros.
De todos modos siempre es preferible acceder a esa clase de deseos paternos que a otros más solapados y teñidos por ribetes de difícil confesión9
Muchas mañanas de domingo… mi padre venía en pijama a regalarme su cariño o a requerir el mío, según se viera, y se introducía en mi cama y me abrazaba y mimaba con intensidad y detenimiento excesivos (…) Mi padre me besaba de un modo inhabitual, con la melosidad y el amaneramiento de las parejas de enamorados. Y como yo quería a mi padre por encima de todas las cosas y sentía, además, una compasión inmensa por su tristeza de hombre viudo, aprendí a soportar ese suplicio con bastante destreza.
Sabemos que no estamos leyendo en ese párrafo una crónica de hechos reales sino una novela que se llama La intimidad. Mal podríamos confundir al yo del personaje con el yo de una historia real. No los mezclamos pero sabemos que ambos abrevan en el mismo río: el fantasma. No nos preocupa la literalidad de la memoria porque no creemos en ella. Los recuerdos, como nos enseñaron Freud y Piaget en su momento, son construcciones. Esa presencia del padre ardiente de cariño en la cama de la pequeña o es indicadora de un suceso real que bien pudiera haber tenido lugar, y reiteradamente, elaborado y enriquecido como uranio por la memoria nuclear de la hija, o es un fantasma infantil que se abre camino en la oscura senda de la creación poética, en cuyo caso no es real; es más, es hiperreal.
Volviendo a Amat: la interposición de la madre-biblioteca, el ámbito necrofílico que la reúne y la separa del padre, resulta providencial. Para ambos. La mujer se concede una prórroga en su camino hacia la escritura y toma el desvío de la biblioteca. Cuidará de los libros de ese padre traidor que acabará desheredándola de sus tesoros y legándolos, en el momento de morir, a su hermano, quien hará que los codiciados volúmenes acaben en el gótico convento de Poblet. De todos modos, para esta joven que vive en las novelas y que recibe de los médicos los despiadados diagnósticos de neurastenia, de encefalitis, de epilepsia, para esta joven que resulta incomprensible a quienes creen en las virtudes del habla, para esta prófuga del lazo social, nada mejor que una biblioteca en la que se aburre muy a su gusto.
2. ― Un punto y aparte en la propia imagen
¿Quién puede salvarla? ¿Qué talismán puede alejar a los demonios del espanto si falta la amante caricia del otro, en concreto, de la madre, para interponer el lubricante de palabras habladas, de arrullos y melodías en medio del desamparo? ¿Qué puede proteger al capullo infantil del siniestro influjo de una memoria devastada tanto por el no saber sobre la muerte de la madre como por el sí saber, sí haber visto, lo sucedido con la enferma de melancolía que se arroja al vacío del otro lado del callejón y que ofrece un espectáculo que responde al enigma de la ausencia materna? El sosiego llega, para Nuria Amat, bajo la forma de palabra impresa. De libros que ella, como personaje de Fahrenheit 451, aprenderá de memoria, “con puntos y comas”. Ella será, por lo pronto, una mujer de papel, una “mujer-libro”.
“Puede ser que mi madre muerta se haya transformado en una biblioteca viva.” En La intimidad la escritora, poco disimulada como protagonista, relata esa primera época de sus andanzas. Allí confunde intencionadamente novela y autobiografía (tiene pleno derecho a su ficcionario personal) cuando nos habla de su vida temprana, de la época en que mamaba papel impreso.
Ella no ve a su madre y su madre no la ve a ella. Falta el reflejo del rostro infantil en la mirada redentora de la madre y Nuria trata de recuperarla sin acabar de creer en la verdad de los artificios que fabrica: 10
Mi madre es un armario atiborrado de palabras inservibles. Me visto con sus ropas deformes como si estos vestidos espléndidos fueran mortajas de palabras. Así es como voy construyendo mi cuerpo de escritora. Me disfrazo de madre y, gracias a esa ropa de palabras, consigo verla por un instante en el espejo. Es una suerte de destello. Un punto y aparte en el espejo. La escritura, mi escritura y, finalmente, toda la escritura, consiste en buscarla.
La niña no se busca a sí  misma, busca al Otro en los espejos y ellos le revelan la doble ficción: ni es ella ni es la muerta 11: “Frente al espejo soy tantas veces mi madre que me espanta un poco que ella pueda aparecer de un momento a otro y descubrirme en el acto inmoral de suplantar su imagen.”
Con el relato de Amat recaemos, de nueva manera, en la vergüenza de Virginia Woolf. Más aun, Nuria Amat, con palabras precisas, esclarece a la escritora inglesa. Es patente la vergüenza por gozar al sustituir la imagen de la madre frente al espejo. La mirada del looking-glass  es despiadada porque proviene desde la ultratumba, como la de la loca en la ventana privilegiada. Quien se mira ante el espejo, particularmente si es la hija desconsolada de una madre difunta, ve del otro lado algo que ninguna otra mirada podría avalar: un espectáculo al que otros ojos están ciegos, el de otro rostro al que se busca y que, si apareciese en el espacio real, provocaría el pánico más espantoso. Se habría cruzado el límite entre la vida y la muerte, entre la cordura y la locura. El culposo pasatiempo al que se dedica Amat en el desván donde se conservan las pertenencias de la difunta madre es un supremo pecado. El de suplantarla, el mismo juego que actúan ella y su padre en las mañanas del domingo. Un “acto inmoral”. La impostura ante el espejo, verdadero quid pro quo, es obediencia al deseo del padre y desafío a la Ley que prohíbe a la niña tomar el lugar de la madre. Según ella, la compasión hacia el padre viudo está en la base de la profanación que comete en lo imaginario. Zugzwang, coerción ineludible: haga lo que haga, estará mal hecho… y no puede no hacer. Tiene que representar a la madre pero no puede serlo, habrá de dividirse y llevar una doble vida de ficción. Misteriosos son los caminos que llevan a la escritura autobiográfica.
Volvemos también al terror de Martha Robles que se descubre sola y abandonada ante un espejo sin discreción ni misericordia. El objeto causante es el mismo que había espantado a Borges en sus noches y angustiado a Proust en sus despertares. Es, otra vez, el espejo.
El padre ha colocado a Nuria en el lugar de la mujer para paliar un duelo que nunca acabó. La niña se instala en el espacio que se le ofrece y opone endebles resistencias. La loca ha caído por la ventana. La madre se ha esfumado en el vacío dejando la obligación de visitarla todos los domingos en el cementerio. No es un ángel que vela sobre sus hijos huérfanos; más bien llega a ser una perseguidora despiadada, tanto más cuanto que no se la puede odiar. Oficialmente es “la reina de los cielos y de mis sueños invulnerables” pero, en los anaqueles de la biblioteca, acecha como “la madre más maligna y falsa”, la única causante de la desolación hogareña, la culpable de la catástrofe familiar y del lúgubre desorden de los sentimientos de todos ellos. Nuria se niega a absolverla por su huída. La niña sabe sin que nadie le diga. Siente en sí que ella misma es “la más torpe prolongación de sus podridos huesos”. No sólo la imagen reflejada en los cristales, también su cuerpo de niña real está acechado por la madre y sometido a la descomposición. Los huesos no se reflejan en el espejo pero la mirada que cae sobre él es radiográfica. La X de los rayos responde a la incógnita de la desaparición de la madre. La osamenta del cementerio, viniendo desde el inerte cristal del espejo, pasa al otro lado de la piel viva y se incrusta en el rostro infantil promulgando una identidad de destinos. “La memoria de su no existencia persistiría viva en mí hasta el día en que fuera a reunirme con ella, bajo su misma tumba.” Por su no existir la madre es presencia perpetua, inolvidable clavo hundido en la memoria.
No es el momento de desarrollar las teorías freudianas sobre la identificación con el objeto perdido en el duelo y en la melancolía ni de recordar las tesis actuales, discutibles, de la literata Judith Butler y de la queer theory sobre las consecuencias en la identidad de las personas que no pueden llorar la ausencia del objeto amado cuando éste es del mismo sexo. Nuria es, al fin y al cabo, en edad escolar, la “única mujer de la casa”. Recibe presiones “normalizadoras” para aceptarse como “una” mujer con su destino marcado por la ley común de prohibición del incesto; ella debe encarnar precisamente a “esa” mujer perfecta y odiada, fuente de sus desventuras. Tiene que suplir a la madre, asumiendo la continuidad de su vida y negando el proceso de duelo: es empujada a tomar el lugar de la muerta tanto con el padre en las mañanas de domingo como en los dos cementerios: el de Barcelona y el de la biblioteca. La père-version le es impuesta. Inapelable.
Si no el padre, ¿quién podría transmitirle la ley? En ese sitio de vacío, de doble vacío por la ausencia de la madre y por la inoperancia del padre, se yergue el espejo. Amat goza sustituyendo a la muerta, incorporando sus olores, jugando a engañar al cristal con ropas que la deforman. Borges se espanta al ver su imagen como una y trina, disolvente de los límites de su identidad; él prefiere fugarse de la prisión del espejo. Robles se espantaba al ver el espectro de la madre odiada y también escapa de él por medio de la escritura. Woolf gozaba al jugar ante el espejo el doble papel de la madre y del amante que la conquista, razón por la cuál le asustaba que alguien la descubriese en su culpable y vergonzoso juego bisexual: la escritura le permitió crear un espacio de fantasía en el que podía esconder la culpa sin renunciar al juego. Amat tiene miedo de ser descubierta, no por una presencia viviente sino por un agujero perforado en el centro mismo del espejo y de ser castigada por solazarse en una impostura. Quien la acecha y persigue, no mucho, “un poco”, en esos momentos de goce vergonzante es la muerta misma que podría descubrir su “juego inmoral”.
La escritura le procura un espacio propio y la separa del yo ideal, de esa madre acabada y mortífera que la llama desde los cielos y que, a la vez, la atrae a los sótanos de la locura. Ella escribe para escapar del hoyo en el espejo y del vértigo de las alturas de la ventana manicomial. Es “un punto y aparte en el espejo” —¡maravilloso el poder de las palabras cuando caen en manos de quien las trae, pulcras, de la tintorería!  Amat usa ropa que no es la de ella, una “ropa de palabras” que le permite “verla” allí donde se esconde, donde ella, la madre, presencia el pecaminoso espectáculo de la transfiguración filial impuesta por el padre. No hay una figura materna con la cual identificarse, a la cual querer parecerse. El ideal del yo, suplente de la muerta, tendrá que ser alcanzado, para mayor goce del padre, escribiendo como a él le gusta, “como Dickens”.
Damos en pensar que la literatura escrita por Nuria Amat es, básicamente, la de novelas marcadamente autobiográficas. En ellas la protagonista oscila constantemente entre un “soy yo” y un “no soy yo; es la otra”. Su obra obedece a las leyes del género. Escribe Paul de Man: “La distinción entre ficción y autobiografía no es una polaridad, ‘es esto o es lo otro’ sino que es… insoluble.”12 Amat dice la verdad haciendo creer que urde una ficción. “Quiero fingir que la historia no es fingida. Me cuesta imaginar mi escritura sin el motor de ese equívoco constante que mantengo conmigo misma”. Al final uno no sabe quién escribe su página: si ella, si la madre, si la imagen surrealista de la melancólica que cuelga en la ventana de enfrente. El espejo las hace intercambiables. El yo vacila entre un lado y el otro del estrecho pasaje que la separa del manicomio, entre uno y otro lado del espejo que la mira con ropas ajenas en el desván que guarda las reliquias de la difunta.
Dice la verdad de sí misma y la dice tanto más claramente cuando más cree que la oculta; es por eso que nunca acaba de saber muy bien por donde pasa la frontera entre lo que ha vivido en carne propia y lo que ha dibujado con una tinta que es aún más propia que su sangre arterial. Inventa personajes que a veces (en La intimidad) hablan “yo” y desdoblan constantemente a la narradora, es decir, son a la vez ella y esa madre hecha de débiles retoques a su imagen, la infantil, la abandonada, dibujada en lengua ajena, en el idioma que su comunidad barcelonesa rechaza, en castellano, sobre hojas de papel. Ya lo decía en la nota de Babelia: “Pongo nombres al silencio. Invento recuerdos que no tengo. Soy poeta sin saberlo.”
Sé que estoy construyendo una ficción con los materiales que ofrece la ficción de sí misma que construye Amat. Aclaro a cualquier lector desprevenido que aspiro a la verosimilitud y no a la verdad (de la que hace buen tiempo me he olvidado). Nuria Amat se ve a sí misma como un personaje de novela y yo escribo algo así como una novela de su novela (y la de otros escritores arbitrariamente escogidos) para poner a prueba la tesis de una memoria que comienza por el pavor. No me permitiría “aplicarle” el psicoanálisis. Quiero que su fina escritura me revele, por el camino de las letras, obedeciendo a sus significantes, la estructura de su fantasma, esa invención que se descuelga del recuerdo de la mujer suspendida en el aire.
La carne, parece decirnos Nuria Amat, tiene la consistencia rasgable y la propiedad combustible del papel: “Mi infancia era un libro abandonado con sus letras muertas en itálica. Y mi vida era un libro, y una tumba y unas letras sagradas en itálica.” La vida de papel, la vida en el papel, la vida a través del papel, hace relucir a la muerte. La identificación con la madre por siempre ausente pasa por las rígidas estanterías de una necrópolis encuadernada. Los espacios de la vida y de la muerte, de la cordura y de la locura, del comercio y del incesto, tienen límites imprecisos y las pasiones de la lectura y de la escritura cumplirán la misión de reforzar las fronteras y de erigir aduanas entre la vida posible y la imposibilidad de la vida.
Nuria Amat se refiere no menos de cien veces a “la madre abandonada”. ¿Abandonada por quién? Podría decirse que no por ella, la pequeña huérfana, pero hemos de aceptar su palabra como verdadera. La madre la dejó, sí, pero no es menos cierto que ella dejó a la madre yaciendo en un cementerio de letras enlosadas: “Una se pasa la vida haciendo lo contrario de lo que su padre desea para, una vez muerto hacer exactamente lo que éste quería”. ¿Y qué quería el Padre?
Primero, que acomode su colección y delimite claramente los espacios entre lo catalán (suyo) y lo castellano (de la hija). Nuria Amat es hoy, según sabemos, profesora de la Escuela de Bibliotecarios de Barcelona.
Segundo, quería que ella escriba como Dickens. Nuria Amat se rebeló, protestó que nadie escribe como Dickens y creyó que sólo podía salvarse del pérfido deseo paterno si escribía no como sino contra Dickens. Llega a explicar la muerte de su padre como un asesinato que ella cometió13
Mis textos ilegibles, indignos de una hija de Dickens, terminaron por matarlo. Por eso cambió su testamento y me desheredó de sus libros que eran míos (…) porque en lugar de escribir como Dickens yo escribía como la hija de mi padre.
El padre no hubiera podido imaginar un más fiel cumplimiento de sus deseos. Amat escapa del realismo y escribe una literatura intimista, confidencial, autobiográfica. No sabemos qué y cuánto sabía el padre sobre la verdad de Dickens pero Amat sí lo sabe:
Mi padre ignoraba que las novelas realistas de Dickens eran calificadas de ese modo por su exceso de datos personales y autobiográficos. Tal vez mi padre temía, en el fondo, que yo acabara escribiendo como Dickens. (íd.)
¡Qué maravilloso juego de espejos! Al consumar un parricidio puramente imaginario se hace la guardiana del destino real del padre y, junto a sus dos hermanos, privados los tres del consuelo materno, cumplen para ese padre la misión salvadora de continuar a la muerta a la vez que la mantienen encerrada en los muros de la biblioteca. Pretendiendo contrariarlo, pretendiendo llevar a cabo un parricidio, acaba realizando su propio deseo que es el deseo del Otro: escribe, como Dickens, novelas autobiográficas y enseña, continuando con el encargo paterno, los arcanos de la profesión a los bibliotecarios.

Capítulo 8NURIA AMAT: UN AGUJERO EN EL ESPEJO  1. ― Por la ventana de enfrente
Nuria Amat es una reconocida novelista catalana que escribe en castellano, autora, para citar tan sólo sus tres últimas novelas, de La intimidad (Alfaguara, Madrid, 1997), El país del alma (Seix Barral, 1999) y Reina de América (íd., 2002). Ha publicado también un notable libro de breves ensayos, muchos de corte autobiográfico, intitulado Letra herida (Alfaguara, 1998). En Babelia, suplemento cultural de El País, el 23 de junio de 2001, dio a conocer un artículo muy escueto encabezado como “Vida de escritora”, en el que narra su “primer recuerdo de la infancia que tiene que ver con la locura y con el suicidio”. Como se ve, otro “ínfimo papel”, un petit papier, nuevamente un fragmento aislado que se publica en un suplemento cultural, de México antes, de Barcelona ahora,1 que se agrega a la marcha de nuestra cavilación. Para enmarcar su recuerdo, ella aporta ciertos datos personales que no podían menos que llamar nuestro interés, enzarzados como estamos en el tema del “primer recuerdo”, del “hueso de la memoria” que, según la intuición freudiana, organizaría la vida de muchos seres humanos y que, según Cortázar, está anclado en el terror. Tanto en sentido prospectivo como en sentido retrospectivo. En la nota de Babelia, Amat relata “esa experiencia terrible para una niña de ver como una mujer colgada de la ventana de la casa de enfrente está a punto de caer en el vacío”. Es discutible que tal sea su primer recuerdo, puesto que en La intimidad cuenta que esa señora, divisada desde su “privilegiada ventana” (¡?) que daba al manicomio de enfrente, había sido vista antes por ella “algunas veces”. La imprecisión y la duda caracterizan, necesariamente, siempre, sin excepción, al primer recuerdo. Recuperando una pregunta ajena pero similar a las que hicimos al comenzar este recorrido por “tierras de la memoria”: “¿Cuándo empieza exactamente el recuerdo, siempre caprichoso y enemigo de cualquier obediencia (…) si los recuerdos se sumergen en la misma atmósfera de los sueños?”2
Sea como fuere, esa reminiscencia, primera o no —nadie puede asegurarlo—  es la columna vertebral de su trayectoria de escritora y de sus relatos. Es la fuente de su obra, el momento de su nacimiento a una segunda vida, la de los enigmas terribles que querrá explicar(se). La loca suicida, vista por la ventana como los lobos en el sueño del paciente de Freud, será un ritornello obsesivo en sus páginas porque responde, para ella, de manera fantasmática, al misterio de la temprana desaparición de su madre cuando Nuria era niña, en el tercer año de su vida.
De la mujer su madre, la escritora en flor no atesora nada en la memoria, es decir, en la memoria “oficial”, en los archivos de su yo. Afirma que, no teniendo nada que le hubiese quedado del cuerpo donde se formó, ella “es hija de palabras” y, como la loca de bata blanca de su primer recuerdo, “queda suspendida de un infierno de silencio”. Presentándose como efecto de lenguaje (“escribir para nacer”) niega su origen corporal o se da a sí misma el ser como “verbo encarnado”, como criatura con un solo y tardío nacimiento: el asomo traumático al lenguaje que está sumergido en un recuerdo siniestro.
La madre tuvo tres hijos en rápida sucesión. Nuria es la del medio, la “mujercita”. Tras dar a luz al tercer hijo la mujer no regresa de la maternidad sino que pasa directamente a un “balneario” donde muere sin que nadie sepa bien por qué. La inferencia del suicidio3 es avalada por una multitud de indicios aunque nadie pronuncia las palabras decisivas que despejarían la bruma en torno a esa muerte. Lo que el adulto, concretamente el padre, calla, es rellenado por el niño: Nuria nos presenta su fantasma infantil: “La futura escritora busca confundir a su madre con la loca encerrada en el altillo del manicomio de enfrente”. Subrayemos el verbo “busca” pues ese verbo apunta más al deseo y al goce en una respuesta confirmatoria que a la angustia en una interrogación sin final. Ella puede, gracias a la memoria episódica, convertirse en testigo presencial del hecho que es la cifra y clave de su vida: la silenciada desaparición de su madre4 que se fue sin decir una palabra y sin despedirse con una carta de adiós. El espectáculo de la mujer colgada de la ventana, sostenida por un médico que finalmente la deja caer, funciona a modo de “oráculo” (según la atinada designación de Martha Robles), a modo de imprescindible punto de referencia, de imán maléfico y de incitación a salvarse registrando en “letras heridas” la irrupción de la locura y la muerte. El oráculo del recuerdo, espeluznante como éste es, llama a fabricar amuletos que protejan contra su influjo, a instalarse de por vida en una escena de narraciones que envuelvan lo irrepresentable de una ausencia.
El recuerdo traumático de Nuria Amat tiene dos postigos que convergen para cerrar la ventana de su alma: uno, latente, es la enigmática muerte de la madre en un lugar indefinido, mantenido largo tiempo en secreto; el otro, manifiesto, visto con“ojo de cámara fotográfica”, es el suicidio ante su infantil mirada de una “loca” junto a su ventana de huérfana. El recuerdo quema (O rimembranza amara!): demencia y muerte y dolor insoportable de la vida asedian a la mujercita que se ha quedado sin palabras o con sonidos que se atraviesan como lagartijas tartamudas en su lengua.  Perdió a la madre en el tercer año de vida. De ella le quedan un hermanito recién nacido, un baúl con ropas viejas en las que atisbará aromas que se desvanecen, pálidas fotografías y confusos recuerdos ajenos que le llegan a través de algunos personajes envidiados que efectivamente conocieron a su madre, la de sangre y sonidos articulados. En su artículo de Babelia cuenta
Seguramente debí decir las primeras palabras de la infancia cuando mi madre fantasma estaba delante para recibir mi voz y festejarla, pero nadie me asegura tal cosa… Al morir mi madre, yo, que aún no hablo, me quedo sin el lugar del habla. Me roban la memoria. Dicen que mi madre era catalana”. [Advertimos la contradicción entre "seguramente debí decir" y  “yo, que aún no hablo”; los adverbios son delatores profesionales]
Amat infiere que era “una niña muda” que “no empieza a hablar hasta bien entrados los cuatro años”. Podemos arriesgarnos a rechazar la contradicción aunando las dos afirmaciones: Nuria habló, como casi todos los niños, en el segundo año de su vida; sus ocurrencias eran celebradas, su ingenuidad festejada. Luego, repentinamente, la madre se fue para dar a luz al anunciado hermano y no regresó de ese viaje. El cuervo de la tragedia que revolotea sobre su casa, construida frente al manicomio, justamente ahí, la deja sin palabras. El espíritu y el habla de Nuria Amat mueren y reciben sepultura en la siempre visitada tumba de la madre mientras que su frágil cuerpecillo insiste en pervivir. La niña se borra del espejo que era su madre y debe volver a nacer. Lo hace lentamente, en un parto sin lengua materna, que se prolonga hasta esos cuatro años de edad y se prosigue en la tartamudez, en la angustia que —debemos creerle—  le acomete cada vez que tiene que tomar la palabra. El segundo nacimiento a la palabra no repite al primero. Por una parte, cuando se decide a hablar lo hace “en castellano, en el idioma de mi no madre… un idioma inferior para la familia que se jacta de ser sencilla y profundamente catalana”. Su inclinación por la lengua de Castilla, la lengua del invasor, la lengua oficial de sus compañeros en la escuela franquista, sanciona la traición de la madre y el distanciamiento de la incipiente escritora
En este idioma mío, de mi madre sólo queda el agujero negro de su desaparición. El idioma importado me excluye de las conversaciones familiares. Me rebelo contra el idioma de la madre ausente.   Sin saberlo en su momento, Nuria Amat toma la misma decisión que James Joyce. Él rechazó el gaélico de sus antepasados irlandeses y se volcó sobre la lengua de Shakespeare, degradada por la vulgaridad del habla cotidiana de los ingleses victorianos. Y Amat hablará y escribirá en la lengua de Cervantes, esa lengua abaratada por la censura y la chatura espiritual del régimen de Franco. Irlandeses y catalanes (Shaw y Wilde, Goytisolo y Plá) se vuelcan sobre la lengua del invasor para restituir filo y brillo a “la estirpe increada de su(s) raza(s)”.

El otro punto en que el segundo nacimiento, post-materno, diríamos, difiere del primero, es capital: Nuria pasará de la palabra hablada (“Cuando voy a hablar, algo irrefrenable se dispara en mi cabeza para recordarme mi color de orfelinato”) a la palabra escrita. Se refugiará en la opulenta biblioteca catalana del hogar paterno5
No tuve más remedio que cambiar la lápida por los libros. Los libros me hablaban. Creía oír a mi madre a través de ellos. Me hablaban del silencio de mi madre abandonada (…) Las novelas eran como espejos del recuerdo. En ellas me veía o no me veía, según fuera el capricho del más allá de mi pobre madre. Las novelas me contaban el silencio de la muerte de mi madre (…) Siempre tuve la impresión de que la biblioteca formaba parte del cementerio aquel en el que tenían secuestrado el cuerpo de mi madre.
Nuria Amat es hija de Gutenberg y habitante de su galaxia. Exiliada del ausente cuerpo de la madre y de la lengua de la familia, con los labios cosidos por una palabra que le falta tanto como al Moisés de Schoenberg, escoge su carrera: será bibliotecaria, será escritora y novelista, buscará el silencio y acabará, necesaria y paradójicamente, haciendo públicas sus intimidades. Parirá a sus libros con dolor. Será también, en su natal Barcelona, profesora de la Escuela de Bibliotecarios. La biblioteca es un mundo poblado, a diferencia del otro, por objetos mudos, confiables y comprensibles. Los libros, a diferencia de los humanos que piden respuestas, admiten con indiferencia el silencio de sus lectores. Ellos reposan, impasibles, esperando ser llamados por las trompetas de un impredecible lector, como reposan los esqueletos mientras llega el día del juicio que levantará sus losas. El espacio vital será sepulcral: una biblioteca, “una isla flotante de compasión y tristeza colocada en el centro de mi casa”.  Amat emerge de la inicial ausencia de su madre, de la ambigua relación con el padre y de la imposibilidad del habla que la clavan en la contemplación del espectáculo que se desarrolla, pasando sobre el alféizar de su ventana, en el loquero de la casa de enfrente con el espectáculo de la mujer-madre suspendida, primero, en el vacío y cayendo, después, en una cámara lenta, eterna. Emerge de ahí gracias a un arreglo particular: el padre, mitad bibliófilo, mitad bibliómano, permite que la niña se interne en su cubil, en los nueve mil volúmenes que ahí conserva. La mayoría de los libros paternos están en catalán, el idioma del que ella abominaba. El padre le pide que ordene y clasifique su tesoro. Ella, la niña, se considera “hija de una biblioteca abandonada”, mientras que el hombre encuentra en su orgullo de bibliófilo, en su compulsión bibliomaníaca, emblematizada por Henri Boulard6 o por el doctor Kien de la novela de Canetti, en el goce de la posesión de los libros, un valioso tesoro que es para él —y Amat así lo escribe— “(casi) la esposa de mi padre”7, “un cementerio para vivos en el que podían perfectamente haber enterrado a mi madre”.
La escritora cuya vocación asoma es sobornada (con libros, ¿con qué, si no?) por su padre para que ejerza el oficio de bibliotecaria y la joven se somete, gozando, a sus demandas.8
Sólo una hija obediente acepta de su padre encargos como aquél. Yo era la hija desgraciada de un padre desgraciado, y esa condición te lleva a aceptar graciosamente encargos y favores que ninguna otra hija habría estado dispuesta a asumir a cambio de dinero o siquiera de una buena cantidad de libros.
De todos modos siempre es preferible acceder a esa clase de deseos paternos que a otros más solapados y teñidos por ribetes de difícil confesión9  Muchas mañanas de domingo… mi padre venía en pijama a regalarme su cariño o a requerir el mío, según se viera, y se introducía en mi cama y me abrazaba y mimaba con intensidad y detenimiento excesivos (…) Mi padre me besaba de un modo inhabitual, con la melosidad y el amaneramiento de las parejas de enamorados. Y como yo quería a mi padre por encima de todas las cosas y sentía, además, una compasión inmensa por su tristeza de hombre viudo, aprendí a soportar ese suplicio con bastante destreza.
Sabemos que no estamos leyendo en ese párrafo una crónica de hechos reales sino una novela que se llama La intimidad. Mal podríamos confundir al yo del personaje con el yo de una historia real. No los mezclamos pero sabemos que ambos abrevan en el mismo río: el fantasma. No nos preocupa la literalidad de la memoria porque no creemos en ella. Los recuerdos, como nos enseñaron Freud y Piaget en su momento, son construcciones. Esa presencia del padre ardiente de cariño en la cama de la pequeña o es indicadora de un suceso real que bien pudiera haber tenido lugar, y reiteradamente, elaborado y enriquecido como uranio por la memoria nuclear de la hija, o es un fantasma infantil que se abre camino en la oscura senda de la creación poética, en cuyo caso no es real; es más, es hiperreal. Volviendo a Amat: la interposición de la madre-biblioteca, el ámbito necrofílico que la reúne y la separa del padre, resulta providencial. Para ambos. La mujer se concede una prórroga en su camino hacia la escritura y toma el desvío de la biblioteca. Cuidará de los libros de ese padre traidor que acabará desheredándola de sus tesoros y legándolos, en el momento de morir, a su hermano, quien hará que los codiciados volúmenes acaben en el gótico convento de Poblet. De todos modos, para esta joven que vive en las novelas y que recibe de los médicos los despiadados diagnósticos de neurastenia, de encefalitis, de epilepsia, para esta joven que resulta incomprensible a quienes creen en las virtudes del habla, para esta prófuga del lazo social, nada mejor que una biblioteca en la que se aburre muy a su gusto.  2. ― Un punto y aparte en la propia imagen ¿Quién puede salvarla? ¿Qué talismán puede alejar a los demonios del espanto si falta la amante caricia del otro, en concreto, de la madre, para interponer el lubricante de palabras habladas, de arrullos y melodías en medio del desamparo? ¿Qué puede proteger al capullo infantil del siniestro influjo de una memoria devastada tanto por el no saber sobre la muerte de la madre como por el sí saber, sí haber visto, lo sucedido con la enferma de melancolía que se arroja al vacío del otro lado del callejón y que ofrece un espectáculo que responde al enigma de la ausencia materna? El sosiego llega, para Nuria Amat, bajo la forma de palabra impresa. De libros que ella, como personaje de Fahrenheit 451, aprenderá de memoria, “con puntos y comas”. Ella será, por lo pronto, una mujer de papel, una “mujer-libro”.
“Puede ser que mi madre muerta se haya transformado en una biblioteca viva.” En La intimidad la escritora, poco disimulada como protagonista, relata esa primera época de sus andanzas. Allí confunde intencionadamente novela y autobiografía (tiene pleno derecho a su ficcionario personal) cuando nos habla de su vida temprana, de la época en que mamaba papel impreso. Ella no ve a su madre y su madre no la ve a ella. Falta el reflejo del rostro infantil en la mirada redentora de la madre y Nuria trata de recuperarla sin acabar de creer en la verdad de los artificios que fabrica: 10
Mi madre es un armario atiborrado de palabras inservibles. Me visto con sus ropas deformes como si estos vestidos espléndidos fueran mortajas de palabras. Así es como voy construyendo mi cuerpo de escritora. Me disfrazo de madre y, gracias a esa ropa de palabras, consigo verla por un instante en el espejo. Es una suerte de destello. Un punto y aparte en el espejo. La escritura, mi escritura y, finalmente, toda la escritura, consiste en buscarla.
La niña no se busca a sí  misma, busca al Otro en los espejos y ellos le revelan la doble ficción: ni es ella ni es la muerta 11: “Frente al espejo soy tantas veces mi madre que me espanta un poco que ella pueda aparecer de un momento a otro y descubrirme en el acto inmoral de suplantar su imagen.” Con el relato de Amat recaemos, de nueva manera, en la vergüenza de Virginia Woolf. Más aun, Nuria Amat, con palabras precisas, esclarece a la escritora inglesa. Es patente la vergüenza por gozar al sustituir la imagen de la madre frente al espejo. La mirada del looking-glass  es despiadada porque proviene desde la ultratumba, como la de la loca en la ventana privilegiada. Quien se mira ante el espejo, particularmente si es la hija desconsolada de una madre difunta, ve del otro lado algo que ninguna otra mirada podría avalar: un espectáculo al que otros ojos están ciegos, el de otro rostro al que se busca y que, si apareciese en el espacio real, provocaría el pánico más espantoso. Se habría cruzado el límite entre la vida y la muerte, entre la cordura y la locura. El culposo pasatiempo al que se dedica Amat en el desván donde se conservan las pertenencias de la difunta madre es un supremo pecado. El de suplantarla, el mismo juego que actúan ella y su padre en las mañanas del domingo. Un “acto inmoral”. La impostura ante el espejo, verdadero quid pro quo, es obediencia al deseo del padre y desafío a la Ley que prohíbe a la niña tomar el lugar de la madre. Según ella, la compasión hacia el padre viudo está en la base de la profanación que comete en lo imaginario. Zugzwang, coerción ineludible: haga lo que haga, estará mal hecho… y no puede no hacer. Tiene que representar a la madre pero no puede serlo, habrá de dividirse y llevar una doble vida de ficción. Misteriosos son los caminos que llevan a la escritura autobiográfica.

Volvemos también al terror de Martha Robles que se descubre sola y abandonada ante un espejo sin discreción ni misericordia. El objeto causante es el mismo que había espantado a Borges en sus noches y angustiado a Proust en sus despertares. Es, otra vez, el espejo.
El padre ha colocado a Nuria en el lugar de la mujer para paliar un duelo que nunca acabó. La niña se instala en el espacio que se le ofrece y opone endebles resistencias. La loca ha caído por la ventana. La madre se ha esfumado en el vacío dejando la obligación de visitarla todos los domingos en el cementerio. No es un ángel que vela sobre sus hijos huérfanos; más bien llega a ser una perseguidora despiadada, tanto más cuanto que no se la puede odiar. Oficialmente es “la reina de los cielos y de mis sueños invulnerables” pero, en los anaqueles de la biblioteca, acecha como “la madre más maligna y falsa”, la única causante de la desolación hogareña, la culpable de la catástrofe familiar y del lúgubre desorden de los sentimientos de todos ellos. Nuria se niega a absolverla por su huída. La niña sabe sin que nadie le diga. Siente en sí que ella misma es “la más torpe prolongación de sus podridos huesos”. No sólo la imagen reflejada en los cristales, también su cuerpo de niña real está acechado por la madre y sometido a la descomposición. Los huesos no se reflejan en el espejo pero la mirada que cae sobre él es radiográfica. La X de los rayos responde a la incógnita de la desaparición de la madre. La osamenta del cementerio, viniendo desde el inerte cristal del espejo, pasa al otro lado de la piel viva y se incrusta en el rostro infantil promulgando una identidad de destinos. “La memoria de su no existencia persistiría viva en mí hasta el día en que fuera a reunirme con ella, bajo su misma tumba.” Por su no existir la madre es presencia perpetua, inolvidable clavo hundido en la memoria. No es el momento de desarrollar las teorías freudianas sobre la identificación con el objeto perdido en el duelo y en la melancolía ni de recordar las tesis actuales, discutibles, de la literata Judith Butler y de la queer theory sobre las consecuencias en la identidad de las personas que no pueden llorar la ausencia del objeto amado cuando éste es del mismo sexo. Nuria es, al fin y al cabo, en edad escolar, la “única mujer de la casa”. Recibe presiones “normalizadoras” para aceptarse como “una” mujer con su destino marcado por la ley común de prohibición del incesto; ella debe encarnar precisamente a “esa” mujer perfecta y odiada, fuente de sus desventuras. Tiene que suplir a la madre, asumiendo la continuidad de su vida y negando el proceso de duelo: es empujada a tomar el lugar de la muerta tanto con el padre en las mañanas de domingo como en los dos cementerios: el de Barcelona y el de la biblioteca. La père-version le es impuesta. Inapelable.
Si no el padre, ¿quién podría transmitirle la ley? En ese sitio de vacío, de doble vacío por la ausencia de la madre y por la inoperancia del padre, se yergue el espejo. Amat goza sustituyendo a la muerta, incorporando sus olores, jugando a engañar al cristal con ropas que la deforman. Borges se espanta al ver su imagen como una y trina, disolvente de los límites de su identidad; él prefiere fugarse de la prisión del espejo. Robles se espantaba al ver el espectro de la madre odiada y también escapa de él por medio de la escritura. Woolf gozaba al jugar ante el espejo el doble papel de la madre y del amante que la conquista, razón por la cuál le asustaba que alguien la descubriese en su culpable y vergonzoso juego bisexual: la escritura le permitió crear un espacio de fantasía en el que podía esconder la culpa sin renunciar al juego. Amat tiene miedo de ser descubierta, no por una presencia viviente sino por un agujero perforado en el centro mismo del espejo y de ser castigada por solazarse en una impostura. Quien la acecha y persigue, no mucho, “un poco”, en esos momentos de goce vergonzante es la muerta misma que podría descubrir su “juego inmoral”.
La escritura le procura un espacio propio y la separa del yo ideal, de esa madre acabada y mortífera que la llama desde los cielos y que, a la vez, la atrae a los sótanos de la locura. Ella escribe para escapar del hoyo en el espejo y del vértigo de las alturas de la ventana manicomial. Es “un punto y aparte en el espejo” —¡maravilloso el poder de las palabras cuando caen en manos de quien las trae, pulcras, de la tintorería!  Amat usa ropa que no es la de ella, una “ropa de palabras” que le permite “verla” allí donde se esconde, donde ella, la madre, presencia el pecaminoso espectáculo de la transfiguración filial impuesta por el padre. No hay una figura materna con la cual identificarse, a la cual querer parecerse. El ideal del yo, suplente de la muerta, tendrá que ser alcanzado, para mayor goce del padre, escribiendo como a él le gusta, “como Dickens”.

Damos en pensar que la literatura escrita por Nuria Amat es, básicamente, la de novelas marcadamente autobiográficas. En ellas la protagonista oscila constantemente entre un “soy yo” y un “no soy yo; es la otra”. Su obra obedece a las leyes del género. Escribe Paul de Man: “La distinción entre ficción y autobiografía no es una polaridad, ‘es esto o es lo otro’ sino que es… insoluble.”12 Amat dice la verdad haciendo creer que urde una ficción. “Quiero fingir que la historia no es fingida. Me cuesta imaginar mi escritura sin el motor de ese equívoco constante que mantengo conmigo misma”. Al final uno no sabe quién escribe su página: si ella, si la madre, si la imagen surrealista de la melancólica que cuelga en la ventana de enfrente. El espejo las hace intercambiables. El yo vacila entre un lado y el otro del estrecho pasaje que la separa del manicomio, entre uno y otro lado del espejo que la mira con ropas ajenas en el desván que guarda las reliquias de la difunta.
Dice la verdad de sí misma y la dice tanto más claramente cuando más cree que la oculta; es por eso que nunca acaba de saber muy bien por donde pasa la frontera entre lo que ha vivido en carne propia y lo que ha dibujado con una tinta que es aún más propia que su sangre arterial. Inventa personajes que a veces (en La intimidad) hablan “yo” y desdoblan constantemente a la narradora, es decir, son a la vez ella y esa madre hecha de débiles retoques a su imagen, la infantil, la abandonada, dibujada en lengua ajena, en el idioma que su comunidad barcelonesa rechaza, en castellano, sobre hojas de papel. Ya lo decía en la nota de Babelia: “Pongo nombres al silencio. Invento recuerdos que no tengo. Soy poeta sin saberlo.” Sé que estoy construyendo una ficción con los materiales que ofrece la ficción de sí misma que construye Amat. Aclaro a cualquier lector desprevenido que aspiro a la verosimilitud y no a la verdad (de la que hace buen tiempo me he olvidado). Nuria Amat se ve a sí misma como un personaje de novela y yo escribo algo así como una novela de su novela (y la de otros escritores arbitrariamente escogidos) para poner a prueba la tesis de una memoria que comienza por el pavor. No me permitiría “aplicarle” el psicoanálisis. Quiero que su fina escritura me revele, por el camino de las letras, obedeciendo a sus significantes, la estructura de su fantasma, esa invención que se descuelga del recuerdo de la mujer suspendida en el aire.

La carne, parece decirnos Nuria Amat, tiene la consistencia rasgable y la propiedad combustible del papel: “Mi infancia era un libro abandonado con sus letras muertas en itálica. Y mi vida era un libro, y una tumba y unas letras sagradas en itálica.” La vida de papel, la vida en el papel, la vida a través del papel, hace relucir a la muerte. La identificación con la madre por siempre ausente pasa por las rígidas estanterías de una necrópolis encuadernada. Los espacios de la vida y de la muerte, de la cordura y de la locura, del comercio y del incesto, tienen límites imprecisos y las pasiones de la lectura y de la escritura cumplirán la misión de reforzar las fronteras y de erigir aduanas entre la vida posible y la imposibilidad de la vida.
Nuria Amat se refiere no menos de cien veces a “la madre abandonada”. ¿Abandonada por quién? Podría decirse que no por ella, la pequeña huérfana, pero hemos de aceptar su palabra como verdadera. La madre la dejó, sí, pero no es menos cierto que ella dejó a la madre yaciendo en un cementerio de letras enlosadas: “Una se pasa la vida haciendo lo contrario de lo que su padre desea para, una vez muerto hacer exactamente lo que éste quería”. ¿Y qué quería el Padre?
Primero, que acomode su colección y delimite claramente los espacios entre lo catalán (suyo) y lo castellano (de la hija). Nuria Amat es hoy, según sabemos, profesora de la Escuela de Bibliotecarios de Barcelona.
Segundo, quería que ella escriba como Dickens. Nuria Amat se rebeló, protestó que nadie escribe como Dickens y creyó que sólo podía salvarse del pérfido deseo paterno si escribía no como sino contra Dickens. Llega a explicar la muerte de su padre como un asesinato que ella cometió13  Mis textos ilegibles, indignos de una hija de Dickens, terminaron por matarlo. Por eso cambió su testamento y me desheredó de sus libros que eran míos (…) porque en lugar de escribir como Dickens yo escribía como la hija de mi padre.
El padre no hubiera podido imaginar un más fiel cumplimiento de sus deseos. Amat escapa del realismo y escribe una literatura intimista, confidencial, autobiográfica. No sabemos qué y cuánto sabía el padre sobre la verdad de Dickens pero Amat sí lo sabe:
Mi padre ignoraba que las novelas realistas de Dickens eran calificadas de ese modo por su exceso de datos personales y autobiográficos. Tal vez mi padre temía, en el fondo, que yo acabara escribiendo como Dickens. (íd.)
¡Qué maravilloso juego de espejos! Al consumar un parricidio puramente imaginario se hace la guardiana del destino real del padre y, junto a sus dos hermanos, privados los tres del consuelo materno, cumplen para ese padre la misión salvadora de continuar a la muerta a la vez que la mantienen encerrada en los muros de la biblioteca. Pretendiendo contrariarlo, pretendiendo llevar a cabo un parricidio, acaba realizando su propio deseo que es el deseo del Otro: escribe, como Dickens, novelas autobiográficas y enseña, continuando con el encargo paterno, los arcanos de la profesión a los bibliotecarios.


Publicación de la novela La intimidad. Det mest privata en Suecia.

Citas y links de reseñas literarias.

“Nuria Amat cuando escribe crea algo nuevo, único a la vez que íntimo. Cada palabra está fundida una con la otra como en un cuerpo.

Esta novela es un ejemplo firme y fascinante de contar la realidad”.

Ellen Mattson

SVD. Svenska Dagbladet”.  Nov. 2009

“Nuria Amat es una artista de las palabras. Maestra en trabajar el lenguaje, su escritura tiene fuerza a la vez que poesía. La novela está llena de aforismos memorables sobre libros, lectura, vida y escritura.

Como lectora me siento muy agradecida al haber tenido la posibilidad de entrar en este espacio privado tan sorprendente”.

Kerstin Johansson.

“Helsingborgs Dagblad” Nov. 2009

“Novela grande y dolorosa la que Nuria Amat escribe libre de compromisos redentores.

La intimidad (Det mes privata) es un libro espléndido que debería llegar a muchos lectores. Para mi ha significado el inesperado descubrimiento de una gran autora”.

Hanna Nordenhök

“Aftonbladet”. Nov. 2009.

Juan Goytisolo habla sobre Nuria Amat

Juan Goytisolo preguntado por autoras actuales, aseguró que la mejor novelista del momento es Nuria Amat, aunque es “boicoteada” por una especie de paternalismo machista que aflora cuando una mujer está al nivel de los mejores narradores.
El País, 13 noviembre 2009

HIPATIA por Nuria Amat

Primer relato publicado en la literatura española sobre la mujer sabia de la Biblioteca de Alejandría. Amor Breve. 1990
Leer HIPATIA por Nuria Amat

Nuria Amat presenta la obra de Ángeles Mastretta

La escritora Nuria Amat presenta la obra de Ángeles Mastretta en la segunda jornada de la III Cita Internacional de la literatura en español, celebrada en Santillana del Mar.

Angeles Mastretta escribe sobre Nuria Amat. Presentación novela: Deja que la vida llueva sobre mí

Nuria Amat, escribir con riesgo

Escrito por: Ángeles Mastretta el 16 Jun 2009 - URL Permanente

Alguna vez he contado que cuando conocí a Nuria en Madrid, un junio ardiente, terminamos la tarde trenzadas en una larga conversación sobre nuestros mundos, nuestras pasiones, la literatura, los viajes, los deseos, el inasible amor, la insensata alegría y hasta los últimos recovecos de la moda. A las cuatro de la mañana nos separamos dejándonos con la certeza y el regocijo de que habíamos encontrado una amistad. Desde entonces, siempre que la recupero o que al menos se cruza el correo entre nuestras vidas, vuelvo a sentir que no he dejado de verla, que está cerca siempre, con su elegancia de alma, con su ingenio sofisticado, con su sencilla sabiduría.
Nuria es una mujer tímida, de ojos intensos. Tiene una voz como su palabra: cifrada, intensa.
Desde siempre, pero con más fuerza que nunca en este libro, Nuria es una mujer cuyo voz literaria guarda el ardor y los arrebatos de una criatura, de una creadora, empeñada en conocer su pasado y adivinar su futuro. Y para eso escribe. Y para escribir vive. Para reconocerse, para hurgar, para saber de qué mundos viene y en quiénes se cobija la esencia de su vocación y su destino.
Con toda la sencillez y la suavidad que le acompañan siempre, Nuria me invitó a presentar este libro. Un libro que como todo buen libro no puede contarse, más bien se bendice y se entrega con todo y su historia y sus delirios a otros lectores. Eso quiero hacer hoy, contagiar el fervor que me provocó este libro que leí al principio entre asustada y triste, luego rendida a la fuerza de sus palabras precisas empeñadas en contar una historia de la que no se puede huir.
Se lo dije hace dos días, mientras estábamos suspendidas en la punta de un castillo al que se llega subiendo una pendiente y luego cuatrocientos escalones. Su libro estaba haciéndome temblar, iba yo acompañándola en busca de su madre y no podía yo hacerlo en la noche, porque me moría de tristeza. Y la memoria de sus frases tajantes me despertaba de repente, asustada. ¿Qué va a hacer de esta niña enamorada de su padre viudo? Lo quiere tanto, lo conoce y no sabe quién es. Vive como una niña trémula la desolación, la pérdida y como una gran escritora la contagia. No quiero seguir leyendo y quiero con toda mi alma que llegue la noche para volver a esa sensación incróspida de la que no puedo escaparme. ¿Es Nuria su personaje? Quiero adivinarlo. No es su personaje. Es su voz. El personaje de este libro es la voz de Nuria. Todos los escritores estamos en nuestros personajes, Nuria va más allá, ella está en todas su palabras, en el modo en que las pone juntas, las desgrana, la mide. Desde la pasión con que venera las palabras nos cuenta una historia que importa por muchos motivos, pero sobre todo por cómo suena. Nos cuenta una historia que duele y fascina porque es tan triste como hermosa y porque la escritora se hace cargo de que así suene. Esta es una novela valiente. Uno sabe que Nuria la entrega, como ha hecho con otros libros, sin duda con “el País del alma”, como se entrega una clave para descifrar y entender cosas de un mundo que ella no cuenta en cualquier mesa por más que esté subida en un castillo, no dilapida en conversaciones, pone en palabras escritas porque a las palabras bendice y de ellas vive.
Con un tono audaz y delicado como los misterios, la voz narrativa de “Deja que la vida llueva sobre mí” empieza por ser ardua, y retraída para en poco tiempo seducirnos y acompañarnos a lo largo del libro, con una irrebatible limpidez.
Escribir, lo sabemos de siempre, es rogar por un milagro. Nuria lo consigue tejiendo despacio la historia de una mirada, de su mirada pasando por el mundo primero con temor, después con curiosidad, y sobre todo con valentía, inteligencia y humor. No se sabe al principio, por eso yo le temía al libro, pero al poco rato la escritora va haciéndose acompañar por una mirada irónica y bravía que empieza por burlarse del mundo que la acosa y acaba acosando y riéndose de un mundo al que acosa con su memoria íntegra empeñada en recuperar lo mejor de su vida y la de sus amores.
Como siempre están en este libro Barcelona, sus hábitos, su lengua, su paisaje, su familia. Ahora su madre, sus hijas, su padre. Sus amigos. Los de ella o los de su personaje que tanto es ella como no. “Cuando lee un libro siente nostalgia de una páginas que nunca serán suyas”, dice de su personaje. Como sólo en ese libro su desmesura recorre y acompaña la historia. Están tramadas en ella. El pequeño país llama Nuria a Barcelona y ahí mismo deja que a sus personajes los sitie el tedio o los liberen los libros. “Al destino lo llaman literatura” dice.
La impenetrable fortuna diría que la voz con que narra Nuria Amat es un don, tocado por la belleza y el azar, como todo buen don. Sin embargo, aceptando que el acaso ha sido pródigo, hay que decir que la voz de Nuria es también fruto de una devoción incansable y de un apasionado trabajo.
Como cualquier tesoro, el de quien escribe como ella crece cuando la escritora se hace fuerte, aprende de sus emociones y sus abismos, se nutre de su pesares y sus dichas, de la sabiduría y las audacias que la vida suele exigir sin más, a quienes se proponen escribirla con dignidad y riesgos.
“Deja que la vida llueva sobre mí” es un libro que nos habla de todo este trabajo. Y que tratando de encontrar una respuesta, como diría ella de su personaje, lo cuenta todo: los sentimientos que más duelen, las emociones más absurdas, los pensamientos más arriesgados.
Se adueñan del libro hombres y mujeres que son todo menos comunes y corrientes, por eso encontrarlos al principio de la lectura casi asusta, luego ella los va mostrando una y otra vez desde distintos lados, desde actitudes inauditas y, sobre todos los ojos de una narradora incapaz de rendirse, acompañada siempre por la suave e implacable ayuda de la inteligencia, el sentido del humor, la certidumbre de que toda jornada debe ser memorable y de que no hay dignidad sin valentía.
“Deja que la vida llueva sobre mí”, es la síntesis de lo que uno encuentra en la voz y los deseos de la narradora, una mujer que eso quiere por sobre cualquier cosa: dejarse empapar por la vida. Empaparse hasta las entrañas con la pena y las dichas que puede dar la vida. Y hacer de las palabras la lluvia bajo lo que busca su cobijo.
La felicidad, sabe la narradora es, aunque a veces parezca una quimera, lo único en verdad inevitable. Y la pena es un aforismo que no puede sustraer su esencia de la dicha, su contraparte.
Toda la novela se empeña en acentuar esta clase de contrastes. Y estos contrastes enriquecen la narración y la llenan de atisbos mágicos y de momentos sabios. Mientras, por todo el libro impera la ley y la devoción por la escritura. La escritura casi como única posible redención.
Conmovida, pero suspensa, sin alardes ni autocompasión, mucho menos piedad fácil, Nuria evoca el espanto y lo pone boca arriba con delirio, con ganas de mostrarlo para ver si lo olvida. Pero al mismo tiempo descubre y valora las más pequeñas alegrías e incluso frente a la separación, el engaño, el fracaso y la muerte, hace predominar la esperanza hasta el final del libro.
Como queda claro con todo esto que digo hay muchas cosas que me fascinan en la literatura de Nuria, pero me gusta enfatizar una, porque es una cualidad tejida como a contracorriente. Nuria no antepone la elegía de lo femenino a su deber de escribir bien. No le importa contar la historia de una mujer porque lo es, sino porque vale la pena contarla y contarla bien. Por eso se cuida de escribir ceñida al lujo de correr riesgos y lo hace con un esmero y un respeto por las palabras, con un gusto y una responsabilidad con su profesión, que emocionan.
Las mujeres de Nuria, en este caso la narradora de “Deja que la vida…” no son ni abnegadas ni sumisas, pero tampoco son heroínas indelebles ni se pretenden diosas. Son personajes que crecen en el ánimo de quien los mira vivir dándose el lujo de ser quienes debieron ser, personas incapaces de poseer un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie. Aún cuando están tristes, lo que no es raro, sus personajes siempre están encendidos por dentro. Y salen con bien de sus batallas, ni se diga las de la narradora que en este libro es de una vehemencia sólo propia de quien ha sufrido.
“Son pocas las veces en que lo que decimos equivale exactamente a lo que pensamos. Salvo en el grito, única voz sincera. En el grito es donde expresamos sin evasión alguna la verdad de nuestras emociones.”, dice la narradora. Y justo lo dice desmintiéndose, porque muchas a lo largo del libro, sin gritar, con la intensa devoción por las palabras expresa a cabalidad y contagia emociones irrevocables.
Nuria Amat es una escritora cuya pasión esencial está en el acto de escribir. Esta convicción obsesiva, que tan bien se reitera en sus libros, es lo que la mueve a vivir. Buscar y asirse al oro de las palabras es su razón de ser. Nuestra razón para quererla es ésa. Bienvenida Nuria. Gracias por traer contigo este libro triste con el que uno puede ser tan feliz.

Octubre 2008. N. Amat invitada a la Feria del Libro del Caribe y Pacífico. Cali. Colombia

Deja que la vida llueva sobre mí. Nuria Amat por Carlos Fuentes.

La estelar escritora catalana Nuria Amat escribe en una lengua que une a cuatrocientos millones de hispanoparlantes.Importa su fidelidad a la literatura, su devoción a la letra. Ensayo -Todos somos Kafka-, crítica literaria -Juan Rulfo, el mejor trabajo sobre el autor mexicano-, periodismo de ¿combate?, ¿rectificación?, ¿ubicación? Y sobre todo, novela. Muy subjetiva: El país del alma. Muy objetiva: Reina de América, impresionante relato de la Colombia guerrillera y viciosa. Y ahora, un libro de una complejidad y riqueza que no son ajenas al riesgo de presentar una novela que se desconoce a sí misma, que se disfraza de autobiografía sin serlo, de colección de máximas que se autominimiza, como si la autora nos desafiara a buscar y encontrar la novela llamada Deja que la vida llueva sobre mí.

Los aforismos de Amat son como signos breves y llamativos de un camino que no quiere revelar su destino. El estilo desvela y encubre los “temas” que se van sucediendo. El padre. La madre. Los hermanos. Los amigos. Los amantes. Los maridos. Hasta anclar, reveladoramente, en dos personajes tan “creados”, por así decirlo, tan “literarios” que, retrospectivamente, iluminan la profunda unión de aforismos y caracteres.

Amat propone una autoría solitaria, des-ubicada, fuera de lugar en todas partes y no da cuartel para recordarnos la soledad del acto de escribir. Se escribe en el lugar de los desheredados, donde nos toca la locura ajena, donde los amantes buscan la catástrofe, donde las recámaras evocan los cementerios, donde soñar es naufragar en el secreto del cuerpo, donde Dios es el vecino de la pieza de al lado, donde sólo al gritar somos sinceros, donde el miedo a morir es “el motivo secreto de la ruptura de tantas parejas que llevan años juntos y que ven en la vejez el castigo por haber vivido”. Donde la muerte es la moneda que se paga por el lujo de vivir.

La escritora se da cuenta de que un amor, sin embargo, ha sido verdadero sólo al perderlo. Entonces se deja atrás la indiferencia, el “nudo de plomo” que hunde a las parejas cuando “ya nadie quiere despertar al lado de alguien con quien no es feliz” y se gana, en cambio, la inmensa posibilidad de “amar con tanta intensidad algo que no existe”. Fortuna que reclama -es la vía de la concreción amorosa- lo más nimio, olvidado y perdurable de una relación de pareja. Hacer reír. Despedirse con elegancia. Salir de la cama con una mirada consternada. Naufragar en el secreto del cuerpo, y no poder desnudarse del todo porque nuestro gran disfraz es el cuerpo.

Evocar dos caracterizaciones que por sí solas le dan su espesor de ficción a esta frágil y aleatoria aproximación a la verdad y a la mentira de nuestras vidas. Hay una anciana, Dominica, analfabeta, sola, enlutada, que no reza porque es pobre. Es experta en encontrar los mejores escondites y el mejor de todos los escondites es la tumba. Allí, Dominica parece estar en su país de origen. Vivió sin quejarse: sabía que lo peor ya había sucedido. “Así y todo”, dice la autora, “consigue regalarme su voz y su palabra”.

El otro personaje es un joven que, abandonando la droga, envejece en un paraje boscoso de difícil acceso donde cuida plantas y también cultiva la soledad. Ejerce la memoria con la esperanza de volver a nacer. Cuando lee, se desmaya. Le seduce la exageración. Cree que el narcisismo es un arma contra la muerte.

Ambos -la anciana y el hombre del bosque- provienen de una España de militares y sacerdotes, a donde acaba de llegar el teléfono y apenas se canalizan las aguas negras. La evocación de la España reciente, agraria, tiranizada, ofrece un fortísimo contraste con el país moderno, europeo, cosmopolita, atado aún a regionalismos, patrioterías y discordias añejas. Nuria Amat no oculta los caminos de su liberación como narradora. Ama el mar. Ama el hecho de que en España el horizonte marino nunca esté demasiado lejos: sumergirse en una cala es esquivar la muerte. Ama a los amigos. Ama a quienes la amaron. Ama, así, a los amantes que han muerto y escucha la “voz arcaica del ángel condenado”. Ama la música, la tormenta y las emociones.

Pero no se engaña. Como puede ser, lo bueno y hermoso puede no ser. En cambio, florecen siempre las flores de la discordia. Las tragedias forman sus nidos. A veces, sólo se ama renunciando al ser amado. Nos rodean personas que buscan enemigos, que hablan mal de otras personas, que se caricaturizan en sí mismas en el acto de la envidia…

El libro de Nuria Amat es un poema sobre la posibilidad e imposibilidad de ser feliz y una afirmación literaria: al cabo, el escritor no reconoce otra vida que la de la letra, a sabiendas de que todo lo escrito es imperfecto. O tan perfecto como esos espacios en blanco que, en un tácito homenaje a Mallarmé, cierran este libro. Porque, al fin, un juego de dados no abolirá el azar.

Nuria Amat o el infierno de la pasión por José Miguel Oviedo

 

 

 RESEÑA A POEMAS IMPUROS. Ediciones B.

Nuria Amat es una escritora multifacética. Es más

conocida por sus novelas, que registran sus experiencias en ambientes tan

diversos como el mundo en el que se formó (El pais del alma, 1999) o la

Colombia de la violencia retratada en Reina de América (2002); pero cultiva

también el teatro, la crítica (es autora de un ensayo sobre Juan Rulfo) y

ahora la poesía. El libro que acaba de publicar en este género se titula

Poemas impuros y es realmente el primero, porque el anterior, Amor infiel

(2004), recoge sus versiones libres de poemas de Emily Dickinson. El

presente libro es una obra notable, en verdad excepcional. Se trata de una

colección consagrada, en un grado absoluto y obsesivo, al tema amoroso.

La pasión erótica es examinada con tanta intensidad como minuciosidad. La

sensación de que estos poemas, generalmente breves, son parte de un

diario íntimo se acentúa porque carecen de título: son como fragmentos de

un discurso amoroso, de una angustiosa reflexión cuyo flujo no tiene

principio ni ni fin.

 

 El carácter confesional de los textos es su rasgo más

profundo y explica la irresistible urgencia.de su tono: no nos permite

olvidar la proximidad entre lo vivido y lo escrito. ¿Por qué son «impuros»

estos poemas? Tal vez porque son una vía para conjurar el recuerdo de algo

perturbador y oscuro que la poeta no puede soportar más a solas; un

epígrafe reza: «Tu impureza es la puerta del olvido». Pero también puede

pensarse en una noción opuesta a la vieja fórmula del «puro amor», en el

sentido de sentimiento sin mezcla, medida ni término. Frente a ese amor

idealizado, tenemos este amor por esencia precario, dolorosamente

impefecto, con plazos siempre inminentes; una contrariedad sin remedio,

una experiencia aciaga y turbia, un malestar casi traumático. Quizá más

propio sería hablar de desamor, ya que la idea del placer y la felicidad ha

desaparecido casi por completo. Sólo quedan la inquietud y el malestar. La

poeta encarna la gran paradoja amorosa: aunque bien sabe que va a volver

a infligirse las mismas heridas de antes, siempre se deja seducir por sus

 

quimeras y promesas, repitiendo así un ciclo tormentoso del que no puede

escapar.

 En un poema, la vemos ceder (o imaginar que

cede) a la tentación del encuentro fortuito: «Un hombre me sonríe / delante

de un semáforo, / yo adelanto mis ojos, / mejor no digo nada», y después

resignarse a lo inevitable: «a la sorpesa de los amores contrariados, / no

existe dulzura ni esperanza». Como puede verse por esta cita, su poesía

usa un vocabulario que básicamente pertenece al lenguaje de todos los

días; la complejidad está en los sutiles sentidos, relaciones y ritmos que

logra arrancar de ellas: «Lo que toco / se desvanece, / lo que amo / se

estropea. / Mi conflicto con la vida / es tan agudo / que, entre amar y

matar / apenas veo la diferencia / de una letra». Hay una perturbadora

asociación entre esos amores que la asoman a un infierno tan temido como

deseado y el pensamiento de la muerte; hallamos referencias al homicidio o

al suicidio, considerados como salidas a relaciones y conflictos ya

insostenibles. Todo es incierto y confuso: mientras ahora la abraza alguien

que ama, languidece por el que la dejó para siempre. Esa morbidez, esa

exasperación, esa zozobra visceral crean un clima que nos recuerda la

poesía de Alfonsina Storni (en sus libros maduros), Alejandra Pizarnik,

Emily Dickinson o Blanca Varela, voces que comunican la tortura recóndita

de la pasión amorosa.

La mención a estas poetas mujeres nos presenta la cuestión de la expresión

literaria «femenina» o «feminista». Aparte de lo discutible de la expresión

«literatura femenina» (pues supone que habría una «literatura masculina»),

la actitud de Amat es del todo ajena a una versión programática de lo

femenino; su sensibilidad corresponde a su condción de mujer, pero el alto

mérito de su poesía no reside en eso, sino en el valor moral y literario de

escribir con un ejemplar despliegue de su libertad creadora para mostarnos,

sin prejuicios ni pudores, cómo ama y cómo juzga su propia conducta. Al

hablar de sí misma y presentarse tal cual es -con su «carne climatérica»,

«el somnífero del almuerzo» y otros agravios del tiempo-, produce un

efecto desgarrado y desgarrador: el de una voz traspasada por el

inconfundible timbre de la verdad humana, que es siempre impura.

 

 

15 de Julio. Nuria Amat en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. Encuentro Martes Literarios.

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