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PUBLICAR UNA PRIMERA NOVELA. Nuria Amat

PRIMERA MEMORIA (El Cultural, 27-03-2008)

Nuria Amat

Eran los tiempos en que las novelas se escribían a máquina o a bolígrafo. Tenía veinticuatro años, y hambre intensa de llenar hojas con palabras, cuando conocí a Josep María Castellet, un editor accesible pero inconveniente para mi manuscrito asustado. Me atreví a llamarlo y le arranqué una cita en su despacho:

-Aquí estoy yo en zona delicada de joven escritora catalana que escribe en castellano.

Castellet me dijo que después de leer mi manuscrito me diría algo.

-Lo importante es que te haya recibido, me animaba mi antiguo profesor, el amigo intermediario.

Pasó un mes. Pasaron, creo los tres meses de verano. Y ahí estaba yo de nuevo, como florero asustado, sentada frente a la mesa del editor, aguardando la sentencia. Pidiendo excusas previas, por si acaso:

-Es una novela muy personal, decía yo, tratando de impedirle la palabra, y además, escrita en castellano. (La intimidad iba a ser tu título, aun no desvelado).

-Me ha gustado, opinó Castellet. De veras, tiene voz, tiene fuerza. Arrastra y, a mi modo de ver, está muy bien estructurada.

Su cara de rabino no dejaba de sonreír. Yo veía a un aguilucho bueno, sabio y, también, confuso. Eran los tiempos en los que la literatura se vivía como arte elevado y distinguido

-Pero, como sabes, no puedo publicarla tal y como está. A no ser, dijo, que estuvieras dispuesta a traducirla al catalán o a escribirla de nuevo en este idioma.

Era una sugerencia. Castellet sólo quería abrirme la puerta de ser escritora de lengua catalana que, en el fondo, escribe en castellano. Una puerta falsa, a mi modo de ver. Una trampa para mi manuscrito auténtico que narraba precisamente la historia de una escritora catalana que escribía en castellano.

-Lo entiendo, dijo mi editor. E insistió: Ve a ver de parte mía al editor Josep Vergés. Llámalo y le dejas tu manuscrito.

El editor del Premio Nadal de Novela parecía un hombre afable aunque de espíritu algo frío, pese a la fotografía de mi admirada Carmen Laforet que colgaba a sus espaldas. Me asfixiaba en aquel despacho minúsculo. Temía ser reñida por haber llegado allí con mi triste manuscrito. “Lo tirará a la papelera como, sin duda, haría mi padre en caso de tener que ser juez de una escritura traidora de los afectos familiares”.

Vergés se mostraba interesado por mis huellas personales. Quería menos silencios y más datos biográficos sobre mi existencia. Mis apellidos le resultaban conocidos.

-Por casualidad, ¿no serás hija de…?

Yo era una loca con pretensiones de escritora que acababa de ser cazada en pleno vuelo. Yo era el trofeo del señor Vergés. Ahora, solamente pensaba en robar mi manuscrito de sus manos.

-Me acuerdo de tu madre. Una mujer bellísima, decía el editor. Fue una tragedia, la pobre, morir tan joven…

Algo en la mirada del señor Vergés me decía que hubiera preferido tener a mi madre sentada en su despacho. Mientras tanto, yo miraba el retrato de la escritora colgado en la pared y le pedía ayuda. Pero los escritores, una vez muertos, no mueven un dedo para ayudar a los que quedan vivos.

Y, entonces, cayó la pregunta peligrosa, la que nunca se merece un escritor primerizo:

-Cuéntame de qué va la novela.

Como si las novelas pudieran ser contadas. Una novela es una novela por la sencilla razón de que no puede ser contada. Este es el misterio de las novelas. Un susurro de inmortalidad. Confidencia a media voz. Pecado revelarla.

-Trata de una niña, tartamudeé. De una mujer que nace y muere en una casa de Pedralbes.

-Interesante, fingió Vergés. La leeremos.

Su propósito me atormentaba. Empecé a buscar la manera de escapar del señor Vergés. Pudor y literatura son enemigos irreconciliables. ¿Y si rompía el retrato de mi escritora preferida? Conseguí, como pude, escabullirme con el manuscrito bajo el brazo.

¿Errores de mi consigna libertaria? Seguramente. O tal vez un acierto para mi perseverante vida de escritora. Como cuando Jorge Herralde quiso publicar Pan de Boda en Anagrama y la entregué a una editorial feminista pequeña y de existencia muy precaria. Finalmente, veinte años después, el manuscrito de la fuga del despacho del señor Vergés, lo publicó Juan Cruz, en Alfaguara, con el título La intimidad, ahora ya agotado y descatalogado, precisamente cuando se está traduciendo a varios idiomas. Una pena.

COLOMBIA Y EL MONSTRUO. Nuria Amat.

Algo se está moviendo en América Latina. He conocido sus países, pueblos y ciudades desde muy joven, cuando el azar decidió por mi que Colombia formase parte de mi vida personal y literaria. He viajado a Bogotá invitada por la Feria Internacional del Libro. Salí de allí, de regreso a España, el día antes de que las FARC asesinaran a dos hombres de bien: Guillermo Gaviria, gobernador de Antioquia, y Gilberto Echeverri, ex ministro, secuestrados por la guerrilla. Esa misma noche cené en Barcelona con Carlos Fuentes, interesado en escuchar la visión real de mi experiencia bogotana. Susan Sontag estuvo allá, presencié junto con gran parte de la sociedad civil colombiana su condenatoria a la represión y fusilamientos en Cuba y, de paso, también a Gabriel García Márquez. La prensa anuncia un próximo referéndum presidencial en Venezuela y en estos días el nuevo presidente argentino, Néstor Kirchner, convierte a Buenos Aires en la capital de la izquierda latinoamericana teniendo como huéspedes de lujo a Chávez, Castro y Lula da Silva. Se suma a todo esto la amenaza en el aire de que Bush pueda repetir con la misma impunidad que le caracteriza otra invasión al estilo de Irak en cualquier lugar del planeta, especialmente en América Latina. ¿No estamos ya en el infierno de la Tercera Guerra?Cuando me preguntan a bocajarro si Bogotá es una ciudad en guerra, suelo responder lo mismo que dicen muchos colombianos necesitados de diálogo y reconciliación: Colombia vive en guerra desde hace más de cincuenta años. Esta salida tan airosa como esperanzadora quiere decir también que, si la ciudad está atacada por la guerra y la violencia, la capital de Colombia disfruta al mismo tiempo de una belleza, vitalidad y cultura dignas de ser apreciadas, comentadas e imitadas. De cómo han conseguido los colombianos hacer una ciudad hermosa en medio de esta tragedia cotidiana es algo asombroso y digno de interés pues han sido los mismos ciudadanos, y no la política, casi siempre corrupta, quienes se están ocupando de transformar su capital en un espacio cultural y urbano inmejorable.Sorprende al viajero que, en el avión que vuela a Bogotá, haya tan pocos pasajeros (estos vuelos transoceánicos van habitualmente llenos). Vienen a bordo Juan Villoro, Rodrigo Fresán y Darío Jaramillo, pero son también escritores. Sorprende aun más el aterrizaje cuando uno ve que una gran parte de los aviones apostados en la pista del aeropuerto de El Dorado son aviones de guerra. Algo está pasando en Colombia, sin duda alguna y, para compañía mejor, llevo conmigo las palabras del poeta y ensayista William Ospina:“Este es un país peligroso pero valeroso. La gran mayoría de la sociedad está compuesta por seres valientes que salen cada mañana desarmados a las calles a luchar por la vida, a trabajar y a crear. Nuestro gran desafío es ayudar al monstruo a desaparecer. Y para ello es fundamental cambiar nuestras ideas de la valentía y de la cobardía. Es el monstruo el que tiene miedo, es por eso que anda armado y enloquecido”.Allá sigue ese monstruo pero los bogotanos ya han empezado a reírse de él. Avenidas y calles de la ciudad se cruzan entre inmensos parques que envidiarían los londinenses. El caos, la suciedad, el ruido, la miseria se han transformado en música, arte, educación y bibliotecas. Suena a panfleto publicitario pero el visitante se da cuenta enseguida de que no es así; el monstruo duerme mientras los ciudadanos consiguen convertir a Bogotá en una ciudad de veras envidiable. No son los políticos del gobierno al uso los responsables de este milagro urbano. Son los bogotanos. Su sociedad civil, sus queridos y demócratas ciudadanos que no tienen miedo al monstruo y trabajan a marchas forzadas por hacer una ciudad tan bella como humana. Han sido sus dos últimos alcaldes, Enrique Peñalosa y Antanas Mockus, no vinculados a partidos políticos, los que han invertido en la ciudad. Al uno se debe la limpieza administrativa y una terca política independiente de cultura ciudadana, al segundo la inversión en grandes obras urbanas, además de la continuación de las políticas del primero. Mokus ha vuelto a repetir. Después de estos alcaldes es difícil que los bogotanos elijan a un político.Es domingo por la mañana cuando mi editor en Colombia, Moisés Melo, viene a buscarme al hotel dispuesto a mostrarme las bibliotecas de la ciudad. En cualquier otra ciudad del mundo el anfitrión llevaría al turista o visitante a ver los museos recién inaugurados en la urbe. En Bogotá, que bellos museos tiene, además de su ciudad colonial de La Candelaria, de lo que con razón se enorgullecen sus ciudadanos es de sus bibliotecas. La Luis Ángel Arango en el centro de la capital, las bibliotecas públicas llamadas El Tunal y El Tintal que son los nombres de los barrios a que pertenecen y la Biblioteca Pública Virgilio Barco, en la zona del museo de los niños y el parque de Simón Bolivar.Cuatro enormes y bellas  bibliotecas construidas en distintos puntos neurálgicos de la ciudad de manera tal que los ciudadanos, sea en el centro o bien en los suburbios, puedan entrar y salir de ellas como Pedro por su casa y acceder a los libros con una libertad envidiable. La idea de sus impulsores (vuelvo a insistir:  ciudadanos bogotanos), es que niños, estudiantes, trabajadores, y adultos vayan a las bibliotecas. Y claro que van, especialmente los jóvenes pues en Bogotá tienen la suerte de creer que la lectura los aparta  de la violencia. Alrededor de las bibliotecas, parques enormes con toda suerte de árboles, flores y avenidas que las circunvalan. Aunque lo parezca, no es aún el paraíso ya que, por desgracia, el monstruo vive cerca y no siempre está dormido. Pero casi lo parece.¿Son las bibliotecas, la cultura, el arte que ha caracterizado de siempre a los colombianos, sus armas de lucha contra el monstruo? Por supuesto que sí. Cuando están hechas a conciencia, estas armas son las más efectivas. Y lo más esperanzador es que son los ciudadanos los que quieren cambiar y están cambiando su realidad urbana. En Bogotá se oyen tiros en la noche, hombres, mujeres y niños viven en una frontera de riesgos. Para salir de la ciudad o  moverse en ella hay que calcular y estudiar qué zonas o lugares pueden ser visitados y cuales son las carreteras más seguras. Se vive al borde de la muerte bajo la sombra de un monstruo de varias cabezas que se cree dueño del país y que decide, como apunta Ospina: “quien vive y quien muere, quien permanece en el territorio y quien se va de él”. El poder del monstruo es el miedo que la sociedad le tiene. De ahí que la rumba, la fiesta sea para colombianos y visitantes el mejor antídoto para la pelea y la supervivencia. Los bogotanos, con su impagable cultura, han aprendido a reírse del monstruo, aunque esta salida no los saque de su encierro y de su tendencia a volver relativas las muchas virtudes que este pueblo tiene. Es conocida su facultad casi innata para el arte de la narración que tal vez esté relacionado con el modo admirable con el que hablan la lengua española o castellana. No les gusta que vengan desde fuera a condenar a su narradores. Su capacidad para el diálogo sigue abierta pese a que asuman algunos de sus errores en haber tratado de imitar el mal ejemplo de otros países. La amistad es otro valor que el colombiano concede a la vida, como algo primordial de ella. La generosidad hacia las personas. La palabra. La eficacia del relato. Los colombianos ponen letra y música a todas sus desgracias pues saben que el olvido total es la muerte de la vida. Es un país de víctimas y héroes.El monstruo no tiene un solo rostro aunque la droga sea su cara más visible. Por eso es tan difícil combatirlo y Bogotá trata de lavar su cara con su actitud tan abierta al mundo, tan equiparable en muchos sentidos al mejor de los mundos posibles. Los bogotanos creen en la educación y en la cultura, lo que es decir mucho en esta realidad internacional tan frívola y barata. Y necesitan el diálogo con pueblos y gobiernos demócratas porque el peligro está también afuera. Colombia necesita del mundo para deshacer las tribus de las guerras y el mundo necesita de Colombia, de su fuerza, de sus héroes, de su oxigeno, de sus selvas, de su agua. La era Bush es capaz de buscar cualquier pretexto para invadir este país. Cada vez que el monstruo mueve sus feroces patas y otro crimen atroz, vienen a sumarse a la trágica historia colombiana voces irracionales resucitan clamando por una invasión militar extranjera como si el otro monstruo, el imperial, no tuviera también la omnipotencia ciega del que lo puede todo con su brutal insignificancia. 

KAFKA EN FRANCFORT. Nuria Amat.

Pocas cosas estimulan más a un buen escritor que ser cuestionado, ignorado o repudiado en su país de origen. A veces pienso que el exilio, el monasterio, el calabozo o el desierto se inventaron para que los escritores pudieran defenderse de las maniobras y corruptelas de políticas sociales, literarias o lingüísticas. Franz Kafka, nacido en Praga, que hablaba y escribía checo en la intimidad, y había elegido el idioma alemán como lengua literaria, ¿era, entonces, un escritor checo, o bien un escritor alemán? Un hombre con la identidad dividida, como tantos escritores del actual mapa literario. Su peculiar y asfixiante mundo íntimo fue totalmente checo en contraposición al lenguaje novelesco alemán, idioma cuya claridad de pensamiento y rigor narrativo seducía a Kafka. Y, por supuesto, Kafka era además judío, y, también entonces, en Praga, un judío-checo de expresión alemana estaba doblemente aislado, era un judío entre los alemanes y un alemán entre los checos.Siempre se sintió viviendo en un “gueto social y lingüístico, con muros invisibles”, escribió. Y ni su muerte ni su fama eterna consiguieron que sus conciudadanos dejasen de proscribirlo. Marta Zelezná, de la Sociedad Franz Kafka, declaró hace seis años en la BBC, que la ciudad “tiene una relación ambivalente con su más famoso escritor. No es considerado “nuestro escritor” porque era judío y escribía en alemán”. Y según su biógrafo N. Murray, “en la edición checa de Quien es quién en la historia, su nombre no aparece. Y, algo todavía más inaudito, sólo ahora (2006) su obra completa se publica en traducción checa”.¿Será entonces Kafka un escritor alemán praguense? ¿Cómo diablos las nuevas normativas de los gobiernos nacionalistas, tan proclives a purismos y etiquetas, se atreverían a denominarlo? Dudo que a Kafka le preguntasen alguna vez por el motivo de que siendo checo, y hablase checo con fluidez, escribiera sus libros en alemán. Y si me apuran, peor aún: ¿le mortificaron constantemente con la pertenencia a una u otra cultura? ¿Qué si era más judío que checo, más alemán que judío? Unas singulares circunstancias lingüísticas configuraban la expresión específica del cosmopolitismo praguense. Como dice Ripellino en su Praga Mágica, la lengua checa soportaba un hormigueo de locuciones alemanas y, por otra parte, a pesar de las muecas desaprobatorias de los charlatanes puristas, “a menudo, un buen germanismo es hoy más checo que una frase checa antigua”. Praga, como ahora Barcelona y otras ciudades multiculturales europeas, era un cruce de culturas diversas e imperiosas, con multitud de talentos en lenguas y perspectivas diferentes.La Universidad de Praga, una de las más antiguas de Europa, estaba dividida en dos facultades: la checa y la alemana, y los sentimientos nacionalistas eran fuertes en ambas. Acaso para huir de la claustrofobia reduccionista, Kafka ingresó en un Club de Lectura de estudiantes alemanes con una excelente biblioteca. El checo, sin embargo, seguía siendo su idioma familiar y afectivo (le rogó a su amante Milena que le escribiera en checo porque de ese modo sus palabras le llegaban más adentro), hablaba un checo elegante y literario mientras dejaba que su literatura naciera y creciera en una lengua cada día conquistada. Es conocida la incertidumbre de Kafka en el empleo de la sintaxis y el vocabulario. Y cómo esta resistencia alimentó su genialidad literaria. Para decirlo rápido, explotó su condición de alemán praguense para escribir en un lenguaje único, exacto, vivido y altamente personal.Pongamos que Kafka hubiera nacido en Cataluña y hubiese leído periódicos de Barcelona, y se hubiera relacionado con personas tan bilingües como él. Y hubiera escrito en un castellano barcelonés, genial e inimitable. Hablaría catalán (checo) y le interesaría muchísimo la lengua y la cultura catalana (checa). Sobre su escuela primaria había un cartel con este mandamiento: Para un niño checo una escuela checa. Pero también le fastidiaba el amaneramiento de los alemanes de Praga porque usaban “un alemán inflado, retórico y cerrado”, como apunta Wagenbach. Por su lado, según se atrevió a subrayar un crítico, los escritores praguenses, “más preocupados por salvar la lengua, cayeron en un frenesí literario, pero lo que hacían era empolvar y maquillar el pequeño mundo”. Lo cierto era que, también por estas razones, Kafka no se sentía bien en Praga. Amaba Praga tanto como también la odiaba, lo que queda magníficamente retratado en sus novelas. La consideraba una ciudad provinciana. Y, sin embargo, tanto la vida como la obra del autor no serían la misma sin la idiosincrasia de esta ciudad, desde entonces la ciudad de Kafka. Porque, mal que les pese a algunos checos, la ciudad mágica no podrá disociarse nunca de la existencia de su autor “apátrido”.Pero imagínense, entonces, el gran dilema que representaría para la historia, y para la obra literaria de este “descatalogado” escritor, si al Kafka catalán/castellano o checo/alemán, se le discutiese su presencia o exclusión a la Feria del Libro de Francfort 2007, en el que el país invitado y festejado es Cataluña. Si vinieran los altos mandos patrióticos imponiendo la orden de que todo lo que en tiempos de Kafka se escribiera en alemán/castellano no merecería el derecho de formar parte representativa de una cultura checa/catalana y que debería ser discriminado. ¿A qué les recuerda esta clase de imposiciones de casta geográfica? Me pregunto si el país alemán, que ha tenido la gentileza de invitar al Kafka catalán barcelonés, conoce exactamente la realidad de la riqueza y cultura extraordinaria de la doble o múltiple cultura catalana, con dos lenguas, como mínimo, que se hablan, se escriben y, por fortuna, también se mezclan. De igual manera que ya no se puede concebir Praga sin Kafka, tampoco se puede concebir Barcelona sin su cultura de dos lenguas. Ya es sabido que es de políticos manipular con la mentira y de escritores como Kafka levantar verdades. Y siguiendo las directrices que ahora plantean políticos y gestores invitados a Francfort, ¿sería admisible dar la orden finalmente de que Kafka, al ser un autor “sin patria ni lengua propias ni definidas por los patrones de subvenciones culturales”, el gobierno que hoy presumiera de representarlo decidiera proscribirlo junto a la lista de pequeños kafkas tan anómalos como el primero?¿Qué diría Francfort si alguien se atreviese a calificar de impropio, antinatural y anómalo al escritor bilingüe Franz Kafka? Y, lo más importante: ¿Qué diría Kafka? Ordenaría de nuevo que hicieran cenizas de su obra. Y, me temo, esta vez su ruego no sería desairado.

Feria Frankfurt Die Welt publica a toda página el artículo de Nuria Amat, Kafka und Katalonien

http://http//www.welt.de/welt_print/article1249792/Kafka_und_Katalonien.html