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Angeles Mastretta escribe sobre Nuria Amat. Presentación novela: Deja que la vida llueva sobre mí

Nuria Amat, escribir con riesgo

Escrito por: Ángeles Mastretta el 16 Jun 2009 - URL Permanente

Alguna vez he contado que cuando conocí a Nuria en Madrid, un junio ardiente, terminamos la tarde trenzadas en una larga conversación sobre nuestros mundos, nuestras pasiones, la literatura, los viajes, los deseos, el inasible amor, la insensata alegría y hasta los últimos recovecos de la moda. A las cuatro de la mañana nos separamos dejándonos con la certeza y el regocijo de que habíamos encontrado una amistad. Desde entonces, siempre que la recupero o que al menos se cruza el correo entre nuestras vidas, vuelvo a sentir que no he dejado de verla, que está cerca siempre, con su elegancia de alma, con su ingenio sofisticado, con su sencilla sabiduría.
Nuria es una mujer tímida, de ojos intensos. Tiene una voz como su palabra: cifrada, intensa.
Desde siempre, pero con más fuerza que nunca en este libro, Nuria es una mujer cuyo voz literaria guarda el ardor y los arrebatos de una criatura, de una creadora, empeñada en conocer su pasado y adivinar su futuro. Y para eso escribe. Y para escribir vive. Para reconocerse, para hurgar, para saber de qué mundos viene y en quiénes se cobija la esencia de su vocación y su destino.
Con toda la sencillez y la suavidad que le acompañan siempre, Nuria me invitó a presentar este libro. Un libro que como todo buen libro no puede contarse, más bien se bendice y se entrega con todo y su historia y sus delirios a otros lectores. Eso quiero hacer hoy, contagiar el fervor que me provocó este libro que leí al principio entre asustada y triste, luego rendida a la fuerza de sus palabras precisas empeñadas en contar una historia de la que no se puede huir.
Se lo dije hace dos días, mientras estábamos suspendidas en la punta de un castillo al que se llega subiendo una pendiente y luego cuatrocientos escalones. Su libro estaba haciéndome temblar, iba yo acompañándola en busca de su madre y no podía yo hacerlo en la noche, porque me moría de tristeza. Y la memoria de sus frases tajantes me despertaba de repente, asustada. ¿Qué va a hacer de esta niña enamorada de su padre viudo? Lo quiere tanto, lo conoce y no sabe quién es. Vive como una niña trémula la desolación, la pérdida y como una gran escritora la contagia. No quiero seguir leyendo y quiero con toda mi alma que llegue la noche para volver a esa sensación incróspida de la que no puedo escaparme. ¿Es Nuria su personaje? Quiero adivinarlo. No es su personaje. Es su voz. El personaje de este libro es la voz de Nuria. Todos los escritores estamos en nuestros personajes, Nuria va más allá, ella está en todas su palabras, en el modo en que las pone juntas, las desgrana, la mide. Desde la pasión con que venera las palabras nos cuenta una historia que importa por muchos motivos, pero sobre todo por cómo suena. Nos cuenta una historia que duele y fascina porque es tan triste como hermosa y porque la escritora se hace cargo de que así suene. Esta es una novela valiente. Uno sabe que Nuria la entrega, como ha hecho con otros libros, sin duda con “el País del alma”, como se entrega una clave para descifrar y entender cosas de un mundo que ella no cuenta en cualquier mesa por más que esté subida en un castillo, no dilapida en conversaciones, pone en palabras escritas porque a las palabras bendice y de ellas vive.
Con un tono audaz y delicado como los misterios, la voz narrativa de “Deja que la vida llueva sobre mí” empieza por ser ardua, y retraída para en poco tiempo seducirnos y acompañarnos a lo largo del libro, con una irrebatible limpidez.
Escribir, lo sabemos de siempre, es rogar por un milagro. Nuria lo consigue tejiendo despacio la historia de una mirada, de su mirada pasando por el mundo primero con temor, después con curiosidad, y sobre todo con valentía, inteligencia y humor. No se sabe al principio, por eso yo le temía al libro, pero al poco rato la escritora va haciéndose acompañar por una mirada irónica y bravía que empieza por burlarse del mundo que la acosa y acaba acosando y riéndose de un mundo al que acosa con su memoria íntegra empeñada en recuperar lo mejor de su vida y la de sus amores.
Como siempre están en este libro Barcelona, sus hábitos, su lengua, su paisaje, su familia. Ahora su madre, sus hijas, su padre. Sus amigos. Los de ella o los de su personaje que tanto es ella como no. “Cuando lee un libro siente nostalgia de una páginas que nunca serán suyas”, dice de su personaje. Como sólo en ese libro su desmesura recorre y acompaña la historia. Están tramadas en ella. El pequeño país llama Nuria a Barcelona y ahí mismo deja que a sus personajes los sitie el tedio o los liberen los libros. “Al destino lo llaman literatura” dice.
La impenetrable fortuna diría que la voz con que narra Nuria Amat es un don, tocado por la belleza y el azar, como todo buen don. Sin embargo, aceptando que el acaso ha sido pródigo, hay que decir que la voz de Nuria es también fruto de una devoción incansable y de un apasionado trabajo.
Como cualquier tesoro, el de quien escribe como ella crece cuando la escritora se hace fuerte, aprende de sus emociones y sus abismos, se nutre de su pesares y sus dichas, de la sabiduría y las audacias que la vida suele exigir sin más, a quienes se proponen escribirla con dignidad y riesgos.
“Deja que la vida llueva sobre mí” es un libro que nos habla de todo este trabajo. Y que tratando de encontrar una respuesta, como diría ella de su personaje, lo cuenta todo: los sentimientos que más duelen, las emociones más absurdas, los pensamientos más arriesgados.
Se adueñan del libro hombres y mujeres que son todo menos comunes y corrientes, por eso encontrarlos al principio de la lectura casi asusta, luego ella los va mostrando una y otra vez desde distintos lados, desde actitudes inauditas y, sobre todos los ojos de una narradora incapaz de rendirse, acompañada siempre por la suave e implacable ayuda de la inteligencia, el sentido del humor, la certidumbre de que toda jornada debe ser memorable y de que no hay dignidad sin valentía.
“Deja que la vida llueva sobre mí”, es la síntesis de lo que uno encuentra en la voz y los deseos de la narradora, una mujer que eso quiere por sobre cualquier cosa: dejarse empapar por la vida. Empaparse hasta las entrañas con la pena y las dichas que puede dar la vida. Y hacer de las palabras la lluvia bajo lo que busca su cobijo.
La felicidad, sabe la narradora es, aunque a veces parezca una quimera, lo único en verdad inevitable. Y la pena es un aforismo que no puede sustraer su esencia de la dicha, su contraparte.
Toda la novela se empeña en acentuar esta clase de contrastes. Y estos contrastes enriquecen la narración y la llenan de atisbos mágicos y de momentos sabios. Mientras, por todo el libro impera la ley y la devoción por la escritura. La escritura casi como única posible redención.
Conmovida, pero suspensa, sin alardes ni autocompasión, mucho menos piedad fácil, Nuria evoca el espanto y lo pone boca arriba con delirio, con ganas de mostrarlo para ver si lo olvida. Pero al mismo tiempo descubre y valora las más pequeñas alegrías e incluso frente a la separación, el engaño, el fracaso y la muerte, hace predominar la esperanza hasta el final del libro.
Como queda claro con todo esto que digo hay muchas cosas que me fascinan en la literatura de Nuria, pero me gusta enfatizar una, porque es una cualidad tejida como a contracorriente. Nuria no antepone la elegía de lo femenino a su deber de escribir bien. No le importa contar la historia de una mujer porque lo es, sino porque vale la pena contarla y contarla bien. Por eso se cuida de escribir ceñida al lujo de correr riesgos y lo hace con un esmero y un respeto por las palabras, con un gusto y una responsabilidad con su profesión, que emocionan.
Las mujeres de Nuria, en este caso la narradora de “Deja que la vida…” no son ni abnegadas ni sumisas, pero tampoco son heroínas indelebles ni se pretenden diosas. Son personajes que crecen en el ánimo de quien los mira vivir dándose el lujo de ser quienes debieron ser, personas incapaces de poseer un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie. Aún cuando están tristes, lo que no es raro, sus personajes siempre están encendidos por dentro. Y salen con bien de sus batallas, ni se diga las de la narradora que en este libro es de una vehemencia sólo propia de quien ha sufrido.
“Son pocas las veces en que lo que decimos equivale exactamente a lo que pensamos. Salvo en el grito, única voz sincera. En el grito es donde expresamos sin evasión alguna la verdad de nuestras emociones.”, dice la narradora. Y justo lo dice desmintiéndose, porque muchas a lo largo del libro, sin gritar, con la intensa devoción por las palabras expresa a cabalidad y contagia emociones irrevocables.
Nuria Amat es una escritora cuya pasión esencial está en el acto de escribir. Esta convicción obsesiva, que tan bien se reitera en sus libros, es lo que la mueve a vivir. Buscar y asirse al oro de las palabras es su razón de ser. Nuestra razón para quererla es ésa. Bienvenida Nuria. Gracias por traer contigo este libro triste con el que uno puede ser tan feliz.

Deja que la vida llueva sobre mí. Nuria Amat por Carlos Fuentes.

La estelar escritora catalana Nuria Amat escribe en una lengua que une a cuatrocientos millones de hispanoparlantes.Importa su fidelidad a la literatura, su devoción a la letra. Ensayo -Todos somos Kafka-, crítica literaria -Juan Rulfo, el mejor trabajo sobre el autor mexicano-, periodismo de ¿combate?, ¿rectificación?, ¿ubicación? Y sobre todo, novela. Muy subjetiva: El país del alma. Muy objetiva: Reina de América, impresionante relato de la Colombia guerrillera y viciosa. Y ahora, un libro de una complejidad y riqueza que no son ajenas al riesgo de presentar una novela que se desconoce a sí misma, que se disfraza de autobiografía sin serlo, de colección de máximas que se autominimiza, como si la autora nos desafiara a buscar y encontrar la novela llamada Deja que la vida llueva sobre mí.

Los aforismos de Amat son como signos breves y llamativos de un camino que no quiere revelar su destino. El estilo desvela y encubre los “temas” que se van sucediendo. El padre. La madre. Los hermanos. Los amigos. Los amantes. Los maridos. Hasta anclar, reveladoramente, en dos personajes tan “creados”, por así decirlo, tan “literarios” que, retrospectivamente, iluminan la profunda unión de aforismos y caracteres.

Amat propone una autoría solitaria, des-ubicada, fuera de lugar en todas partes y no da cuartel para recordarnos la soledad del acto de escribir. Se escribe en el lugar de los desheredados, donde nos toca la locura ajena, donde los amantes buscan la catástrofe, donde las recámaras evocan los cementerios, donde soñar es naufragar en el secreto del cuerpo, donde Dios es el vecino de la pieza de al lado, donde sólo al gritar somos sinceros, donde el miedo a morir es “el motivo secreto de la ruptura de tantas parejas que llevan años juntos y que ven en la vejez el castigo por haber vivido”. Donde la muerte es la moneda que se paga por el lujo de vivir.

La escritora se da cuenta de que un amor, sin embargo, ha sido verdadero sólo al perderlo. Entonces se deja atrás la indiferencia, el “nudo de plomo” que hunde a las parejas cuando “ya nadie quiere despertar al lado de alguien con quien no es feliz” y se gana, en cambio, la inmensa posibilidad de “amar con tanta intensidad algo que no existe”. Fortuna que reclama -es la vía de la concreción amorosa- lo más nimio, olvidado y perdurable de una relación de pareja. Hacer reír. Despedirse con elegancia. Salir de la cama con una mirada consternada. Naufragar en el secreto del cuerpo, y no poder desnudarse del todo porque nuestro gran disfraz es el cuerpo.

Evocar dos caracterizaciones que por sí solas le dan su espesor de ficción a esta frágil y aleatoria aproximación a la verdad y a la mentira de nuestras vidas. Hay una anciana, Dominica, analfabeta, sola, enlutada, que no reza porque es pobre. Es experta en encontrar los mejores escondites y el mejor de todos los escondites es la tumba. Allí, Dominica parece estar en su país de origen. Vivió sin quejarse: sabía que lo peor ya había sucedido. “Así y todo”, dice la autora, “consigue regalarme su voz y su palabra”.

El otro personaje es un joven que, abandonando la droga, envejece en un paraje boscoso de difícil acceso donde cuida plantas y también cultiva la soledad. Ejerce la memoria con la esperanza de volver a nacer. Cuando lee, se desmaya. Le seduce la exageración. Cree que el narcisismo es un arma contra la muerte.

Ambos -la anciana y el hombre del bosque- provienen de una España de militares y sacerdotes, a donde acaba de llegar el teléfono y apenas se canalizan las aguas negras. La evocación de la España reciente, agraria, tiranizada, ofrece un fortísimo contraste con el país moderno, europeo, cosmopolita, atado aún a regionalismos, patrioterías y discordias añejas. Nuria Amat no oculta los caminos de su liberación como narradora. Ama el mar. Ama el hecho de que en España el horizonte marino nunca esté demasiado lejos: sumergirse en una cala es esquivar la muerte. Ama a los amigos. Ama a quienes la amaron. Ama, así, a los amantes que han muerto y escucha la “voz arcaica del ángel condenado”. Ama la música, la tormenta y las emociones.

Pero no se engaña. Como puede ser, lo bueno y hermoso puede no ser. En cambio, florecen siempre las flores de la discordia. Las tragedias forman sus nidos. A veces, sólo se ama renunciando al ser amado. Nos rodean personas que buscan enemigos, que hablan mal de otras personas, que se caricaturizan en sí mismas en el acto de la envidia…

El libro de Nuria Amat es un poema sobre la posibilidad e imposibilidad de ser feliz y una afirmación literaria: al cabo, el escritor no reconoce otra vida que la de la letra, a sabiendas de que todo lo escrito es imperfecto. O tan perfecto como esos espacios en blanco que, en un tácito homenaje a Mallarmé, cierran este libro. Porque, al fin, un juego de dados no abolirá el azar.

Nuria Amat o el infierno de la pasión por José Miguel Oviedo

 

 

 RESEÑA A POEMAS IMPUROS. Ediciones B.

Nuria Amat es una escritora multifacética. Es más

conocida por sus novelas, que registran sus experiencias en ambientes tan

diversos como el mundo en el que se formó (El pais del alma, 1999) o la

Colombia de la violencia retratada en Reina de América (2002); pero cultiva

también el teatro, la crítica (es autora de un ensayo sobre Juan Rulfo) y

ahora la poesía. El libro que acaba de publicar en este género se titula

Poemas impuros y es realmente el primero, porque el anterior, Amor infiel

(2004), recoge sus versiones libres de poemas de Emily Dickinson. El

presente libro es una obra notable, en verdad excepcional. Se trata de una

colección consagrada, en un grado absoluto y obsesivo, al tema amoroso.

La pasión erótica es examinada con tanta intensidad como minuciosidad. La

sensación de que estos poemas, generalmente breves, son parte de un

diario íntimo se acentúa porque carecen de título: son como fragmentos de

un discurso amoroso, de una angustiosa reflexión cuyo flujo no tiene

principio ni ni fin.

 

 El carácter confesional de los textos es su rasgo más

profundo y explica la irresistible urgencia.de su tono: no nos permite

olvidar la proximidad entre lo vivido y lo escrito. ¿Por qué son «impuros»

estos poemas? Tal vez porque son una vía para conjurar el recuerdo de algo

perturbador y oscuro que la poeta no puede soportar más a solas; un

epígrafe reza: «Tu impureza es la puerta del olvido». Pero también puede

pensarse en una noción opuesta a la vieja fórmula del «puro amor», en el

sentido de sentimiento sin mezcla, medida ni término. Frente a ese amor

idealizado, tenemos este amor por esencia precario, dolorosamente

impefecto, con plazos siempre inminentes; una contrariedad sin remedio,

una experiencia aciaga y turbia, un malestar casi traumático. Quizá más

propio sería hablar de desamor, ya que la idea del placer y la felicidad ha

desaparecido casi por completo. Sólo quedan la inquietud y el malestar. La

poeta encarna la gran paradoja amorosa: aunque bien sabe que va a volver

a infligirse las mismas heridas de antes, siempre se deja seducir por sus

 

quimeras y promesas, repitiendo así un ciclo tormentoso del que no puede

escapar.

 En un poema, la vemos ceder (o imaginar que

cede) a la tentación del encuentro fortuito: «Un hombre me sonríe / delante

de un semáforo, / yo adelanto mis ojos, / mejor no digo nada», y después

resignarse a lo inevitable: «a la sorpesa de los amores contrariados, / no

existe dulzura ni esperanza». Como puede verse por esta cita, su poesía

usa un vocabulario que básicamente pertenece al lenguaje de todos los

días; la complejidad está en los sutiles sentidos, relaciones y ritmos que

logra arrancar de ellas: «Lo que toco / se desvanece, / lo que amo / se

estropea. / Mi conflicto con la vida / es tan agudo / que, entre amar y

matar / apenas veo la diferencia / de una letra». Hay una perturbadora

asociación entre esos amores que la asoman a un infierno tan temido como

deseado y el pensamiento de la muerte; hallamos referencias al homicidio o

al suicidio, considerados como salidas a relaciones y conflictos ya

insostenibles. Todo es incierto y confuso: mientras ahora la abraza alguien

que ama, languidece por el que la dejó para siempre. Esa morbidez, esa

exasperación, esa zozobra visceral crean un clima que nos recuerda la

poesía de Alfonsina Storni (en sus libros maduros), Alejandra Pizarnik,

Emily Dickinson o Blanca Varela, voces que comunican la tortura recóndita

de la pasión amorosa.

La mención a estas poetas mujeres nos presenta la cuestión de la expresión

literaria «femenina» o «feminista». Aparte de lo discutible de la expresión

«literatura femenina» (pues supone que habría una «literatura masculina»),

la actitud de Amat es del todo ajena a una versión programática de lo

femenino; su sensibilidad corresponde a su condción de mujer, pero el alto

mérito de su poesía no reside en eso, sino en el valor moral y literario de

escribir con un ejemplar despliegue de su libertad creadora para mostarnos,

sin prejuicios ni pudores, cómo ama y cómo juzga su propia conducta. Al

hablar de sí misma y presentarse tal cual es -con su «carne climatérica»,

«el somnífero del almuerzo» y otros agravios del tiempo-, produce un

efecto desgarrado y desgarrador: el de una voz traspasada por el

inconfundible timbre de la verdad humana, que es siempre impura.

 

 

Juan Goytisolo. ESCRITORAS SILENCIADAS. Deja que la vida llueva sobre mí. Babelia 29/03/2008

 ESCRITORA A SECAS.  Nuria Amat por Juan Goytisolo

La literatura escrita por mujeres no es algo nuevo: existe a lo largo de los tiempos -bastaría con citar los ejemplos de Safo y de las mujeres-relato de Sahrazad-, pero conservó su carácter minoritario y excéntrico hasta mediados del pasado siglo. Si nos ceñimos al ámbito de nuestra lengua, las excepciones al monopolio masculino -Teresa de Ávila, María de Zayas, sor Juana Inés de la Cruz- revelan la extraordinaria energía rupturista de quienes osaron adentrarse en un territorio hostil. Conducta impropia de su sexo, dirán algunos sesudos varones. Peor aún: anomalía condenada al silencio, como muestra el admirable ensayo de Octavio Paz sobre la autora de Primero sueño.

Por fortuna, las cosas han cambiado un tanto: después de la novela y poesía “femeninas”, objeto primero de burla y luego de condescendencia, la irrupción de la literatura feminista propulsada por Simone de Beauvoir y el Women’s Liberation Front aguzó de nuevo al filo de las críticas, antes de digerida y normalizada por la institución literaria europea y norteamericana. En la segunda mitad del siglo XX se trazaron nuevas fronteras y se delimitaron nuevos campos. La novela, la literatura y el pensamiento crítico podían ser específicamente “femeninos” (y mirados, claro está, por encima del hombro) o feministas (ciertamente incómodos, pero tolerados con paternalista resignación). Quedaban no obstante a la intemperie, en tierra de nadie, algunas figuras que no encajan en tal esquema. ¿Dónde situar a María Zambrano, Rosa Chacel, Ida Vitale, Blanca Varela, Ana María Matute y otras voces poéticas o narrativas reacias a toda normativa o clasificación? ¿Son, pueden ser, representativas de la supuesta alma femenina? Obviamente, no. Entran, como en la atera o coso de la política, en un espacio de durísima competencia. Han de abrirse camino en un gremio celoso de sus privilegios, “frente a pequeñas mafias”, dirá Nuria Amat, “en posición de ataque contra una literatura que jamás podrá pertenecerles”.

La autora de Deja que la vida llueva sobre mí -que acaba de publicar también Poemas impuros- no escribe obras femeninas ni reivindicativas. Tampoco novelas de temática previsible ni productos de venta fácil. No asume identidad alguna, ni siquiera la del “segundo sexo”. Sus fuentes de inspiración habrá que buscarlas en Virginia Woolf y Emily Dickinson, cuya poesía tradujo mientras componía el libro. Nuria Amat quiere ser, y es, escritora a secas. Su última novela -como La intimidad o El país del alma- contiene numerosos elementos autobiográficos, pero no es una autobiografía novelada sino una propuesta literaria que afronta el reto de la novedad y en la que el pasado vivido o imaginado se integra en el conjunto del libro como un componente más. Las contradicciones no asustan a la autora. Si afirma que “escribir es un desafío a morir”, admite también que “contar es traficar con la verdad”. “Embarazada de su mesa de trabajo”, se autodefine “peregrina de la letra” y prosigue su “cruzada en solitario”.

La cita que abre el libro, la respuesta de Hannah Arendt a una pregunta de Heidegger -”nunca me he sentido mujer alemana y, desde hace tiempo, he dejado de sentirme mujer judía. Me siento como aquello que soy, ni más ni menos: como una persona en tierra extraña”-, nos da la clave de su escritura en cuanto proceso de desidentificación. El rechazo de las identidades fijas, establecidas de una vez para siempre, ya sean nacionales, ideológicas, religiosas o sexuales en la medida en que excluyen lo ajeno y niegan la preciosa diversidad del ser humano, le conduce al contrario de los márgenes de lo consensuado, a esa periferia desde la cual la realidad puede ser vista en toda su complejidad, como un rompecabezas de difícil reconstitución. Así será “mujer, divorciada, hijastra, huérfana y escritora”. En suma, desterritorializada, como lo fue la autora de Orlando.

La propuesta de Deja que la vida llueva sobre mí, no reitera lo ya dicho y repetido hasta la saciedad. En una época en la que la letra tiende a convertirse en sierva de la imagen -de ahí el afán de parir novelas adaptables a la pequeña o gran pantalla- resulta tónico leer: “El televisor se ha convertido en un mueble sospechoso. Oculto y mudo como un general sin mando en el centro de un desierto”. El público lector puede escoger aún, no sé por cuánto tiempo, entre la propuesta literaria enriquecedora y el producto de consumo destinado al mueble sospechoso que le encandila con su ventanita abierta a la inanidad. -