Nuria Amat recounts the story of Ramón Mercader,the Trotsky´s assassin, in her next novel.
Barcelona, 6 May 2008 . After the recent publication in 2008 of two works, the novel Let Life Rain Over Me and the book of poems Impure Poems, Nuria Amat has started work on a new novel, the plot of which revolves around the life of Ramón Mercader, the Catalan Communist who gained historical fame as the person responsible for the murder of Leon Trotsky but who remains, nonetheless, a an unknown figure.
There is a family connection between Nuria Amat and Mercader himself. The author has dipped into archives and spoken with relatives to reconstruct the history of this fascinating individual, and has discovered what he always refused to disclose: his youth and life in Barcelona in the 30s, before he went to Mexico. It was there that he murdered the Trotskyite leader with the infamous icepick, thus transforming himself into one of the most enigmatic characters within that fanatical ideological world.
The Barcelona writer doesn’t sidestep the killing of Trotsky but comments “the death of the leader of the Red Revolution, the enemy of Stalin, isn’t the central theme of the novel, because lots has already been said about that. The focus is rather the nature of his assassin and what might have led him to kill Trotsky.” Mercader never confessed who commissioned him to do this but it is well known that Stalin himself was behind a crime that convulsed contemporary history. When he asked Carrillo in 1977 about the possibility of going to die in his native Cataluña, the latter laid down as a condition that he should say who engaged him to murder Trotsky. Mercader refused saying: “I will never betray my people”. His silence is one of the most significant at a crossroads in history.
IMPURE POETRY. Nuria Amat. Translated: Peter Bush.
POEMAS IMPUROS. Nuria Amat. Selección.
PETER BUSH, TRADUCTOR, PRESENTA “POEMAS IMPUROS” DE NURIA AMAT
La primera vez que tuve noticias de Nuria Amat fue a través de las páginas del Times Literary Supplement. Cada año, hacia finales de noviembre esta revista literaria invita a autores distinguidos a escribir un párrafo acerca de su ‘libro del año’. Juan Goytisolo sugirió Reina de América , y a mí me tocó traducir su elogio sobre la original voz de la escritora. Luego tuve la oportunidad de conocerla personalmente en un encuentro en Nueva York con Edward Saïd y Susan Sontag. Y posteriormente, debido a mis lecturas entusiastas de sus novelas La intimidad y El país del alma, viajé a Barcelona y visité algunos de los lugares representativos de su obra, que, por cierto, también figuran en estos Poemas impuros, como el cementerio de Sarriá donde está enterrada su familia y las casas de Pedralbes que coexistían con aquel sanatorio donde un día una mujer se tiró por la ventana bajo la mirada de una niña sensible y desprotegida.
He seguido de cerca el camino literario de Nuria Amat. Traduje Reina de América – Queen Cocaine – que publicó City Lights, la mítica editorial de San Francisco, donde la escritora fue acogida por el no menos legendario poeta beat, Lawrence Ferlingetti. Con Reina de América se extendió el perfil internacional de Nuria con traducciones a varios idiomas y con la selección de Queen Cocaine como candidata para el Impac Prize para Literatura de Dublín.
En nuestra gira fuimos a Amherst para hacer una lectura en la pequeña ciudad donde vivió y escribió Emily Dickinson. Nuria Amat ya había publicado su traducción/versión de los poemas de Emily Dickinson, que marcó una nueva etapa en su trayectoria como escritora. Se interesó por su obra Carol Maier, la gran traductora de María Zambrano y Rosa Chacel, y Carol vino a Barcelona para hablar con Nuria acerca de su traducción al inglés de las traducciones de Emily Dickinson hechas por la escritora barcelonesa. Este dialogo intercontinental que fueron manteniendo se ha ido convirtiendo en todo un ‘happening’ entre los múltiples lectores de Emily Dickinson en los Estados Unidos, que culminará, según se tiene planeado, con un simposio en Amherst en la Casa-Museo de Emily sobre estas y otras traducciones de Emily Dickinson.
Creo que la semilla de Poemas impuros no se encuentra solamente en el mano a mano de Nuria Amat con Emily Dickinson sino también en Deja que la vida llueva sobre mí, última novela de la escritora, en la que su narradora reflexiona de forma desafiante y poética sobre los altibajos de la vida cotidiana y amorosa.
En mi opinión, estos poemas, tan insólitos en lengua española, que presentamos hoy, surgen de un apasionado arrebato estético después de unos años sin publicar tras el éxito internacional de Reina de América. El crisol fue la experiencia excepcional de la autora al traducir a Emily Dickinson –Amor Infiel – de tal modo que le permitió desarrollar y fundar una forma muy original de escribir poesía.
Este poemario es todo un desafío dentro de la tradición poética española. Sólo hay que pensar en el título del libro, Poemas impuros, que recuerda los poemas puros de Juan Ramón Jiménez. Pero los poemas ‘de amarga mujer iluminada’ de Nuria Amat están años luz de la sensibilidad afectiva del Diario de un poeta recién casado:
“ ¡Qué dulce esta inmensa trama!
Tu cuerpo con mi alma, amor,
Y mi cuerpo con tu alma.”
Y el poema de Amat:
“Resiste cuerpo,
caracol nocturno,
reducido a larva,
armario sin negrura,
poema roto,
coito fracasado
con la vida.”
Poemas impuros son varias voces de mujeres en diálogo con padres, madres y maridos, sus amantes y con los amantes de sus esposos, es decir un universo original de heterónimos que indagan en su alma con cruel bisturí: escenas dramáticas, aforismos, conversaciones de sobremesa y de post-coito. La poesía de la poeta maldita del siglo veintiuno.
FIRMA DE LIBROS POR SANT JORDI. 23 Abril 2008 por Carlos Fuentes
En esta ocasión me temo que no voy a escapar del circo libresco. Este es mi horario por si alguien quiere venir a verme y charlar conmigo.
A las 11 entrevista tv3 con Josep Cuni, a las 12 Libreria Laie, Passeig Gracia-Casp, a la 1, en la Plaça Sant Jaume, libreria Pròleg, a las 5 de la tarde, La Central, Rambla de Catalunya-Mallorca y hacia las 7 en la Plaça de Sarrià, Hernández.
PUBLICAR UNA PRIMERA NOVELA. Nuria Amat
PRIMERA MEMORIA (El Cultural, 27-03-2008)
Nuria Amat
Eran los tiempos en que las novelas se escribían a máquina o a bolígrafo. Tenía veinticuatro años, y hambre intensa de llenar hojas con palabras, cuando conocí a Josep María Castellet, un editor accesible pero inconveniente para mi manuscrito asustado. Me atreví a llamarlo y le arranqué una cita en su despacho:
-Aquí estoy yo en zona delicada de joven escritora catalana que escribe en castellano.
Castellet me dijo que después de leer mi manuscrito me diría algo.
-Lo importante es que te haya recibido, me animaba mi antiguo profesor, el amigo intermediario.
Pasó un mes. Pasaron, creo los tres meses de verano. Y ahí estaba yo de nuevo, como florero asustado, sentada frente a la mesa del editor, aguardando la sentencia. Pidiendo excusas previas, por si acaso:
-Es una novela muy personal, decía yo, tratando de impedirle la palabra, y además, escrita en castellano. (La intimidad iba a ser tu título, aun no desvelado).
-Me ha gustado, opinó Castellet. De veras, tiene voz, tiene fuerza. Arrastra y, a mi modo de ver, está muy bien estructurada.
Su cara de rabino no dejaba de sonreír. Yo veía a un aguilucho bueno, sabio y, también, confuso. Eran los tiempos en los que la literatura se vivía como arte elevado y distinguido
-Pero, como sabes, no puedo publicarla tal y como está. A no ser, dijo, que estuvieras dispuesta a traducirla al catalán o a escribirla de nuevo en este idioma.
Era una sugerencia. Castellet sólo quería abrirme la puerta de ser escritora de lengua catalana que, en el fondo, escribe en castellano. Una puerta falsa, a mi modo de ver. Una trampa para mi manuscrito auténtico que narraba precisamente la historia de una escritora catalana que escribía en castellano.
-Lo entiendo, dijo mi editor. E insistió: Ve a ver de parte mía al editor Josep Vergés. Llámalo y le dejas tu manuscrito.
El editor del Premio Nadal de Novela parecía un hombre afable aunque de espíritu algo frío, pese a la fotografía de mi admirada Carmen Laforet que colgaba a sus espaldas. Me asfixiaba en aquel despacho minúsculo. Temía ser reñida por haber llegado allí con mi triste manuscrito. “Lo tirará a la papelera como, sin duda, haría mi padre en caso de tener que ser juez de una escritura traidora de los afectos familiares”.
Vergés se mostraba interesado por mis huellas personales. Quería menos silencios y más datos biográficos sobre mi existencia. Mis apellidos le resultaban conocidos.
-Por casualidad, ¿no serás hija de…?
Yo era una loca con pretensiones de escritora que acababa de ser cazada en pleno vuelo. Yo era el trofeo del señor Vergés. Ahora, solamente pensaba en robar mi manuscrito de sus manos.
-Me acuerdo de tu madre. Una mujer bellísima, decía el editor. Fue una tragedia, la pobre, morir tan joven…
Algo en la mirada del señor Vergés me decía que hubiera preferido tener a mi madre sentada en su despacho. Mientras tanto, yo miraba el retrato de la escritora colgado en la pared y le pedía ayuda. Pero los escritores, una vez muertos, no mueven un dedo para ayudar a los que quedan vivos.
Y, entonces, cayó la pregunta peligrosa, la que nunca se merece un escritor primerizo:
-Cuéntame de qué va la novela.
Como si las novelas pudieran ser contadas. Una novela es una novela por la sencilla razón de que no puede ser contada. Este es el misterio de las novelas. Un susurro de inmortalidad. Confidencia a media voz. Pecado revelarla.
-Trata de una niña, tartamudeé. De una mujer que nace y muere en una casa de Pedralbes.
-Interesante, fingió Vergés. La leeremos.
Su propósito me atormentaba. Empecé a buscar la manera de escapar del señor Vergés. Pudor y literatura son enemigos irreconciliables. ¿Y si rompía el retrato de mi escritora preferida? Conseguí, como pude, escabullirme con el manuscrito bajo el brazo.
¿Errores de mi consigna libertaria? Seguramente. O tal vez un acierto para mi perseverante vida de escritora. Como cuando Jorge Herralde quiso publicar Pan de Boda en Anagrama y la entregué a una editorial feminista pequeña y de existencia muy precaria. Finalmente, veinte años después, el manuscrito de la fuga del despacho del señor Vergés, lo publicó Juan Cruz, en Alfaguara, con el título La intimidad, ahora ya agotado y descatalogado, precisamente cuando se está traduciendo a varios idiomas. Una pena.
INVITACION A LA POESÍA. Poemas Impuros. Editorial Bruguera.
A los amigos lectores. En estos tiempos de barbarie literaria resulta estimulante recordar las palabras del novelista libanés Elías Khury.
“La literatura no versa sobre la realidad, sino sobre el lenguaje. Escribir es construir nuevas metáforas sobre metáforas que ya existen. El algo que tenemos que descubrir cada vez. La literatura es el lugar donde se innova y recrea el lenguaje, un espacio en el que se inventa el lenguaje a partir del lenguaje mismo. El escritor que no indaga en la naturaleza del lenguaje no crea, sino que se limita a repetir lugares comunes” (EL PAÍS. 2-2-2008).
¿Qué os parece?
Juan Goytisolo. ESCRITORAS SILENCIADAS. Deja que la vida llueva sobre mí. Babelia 29/03/2008
ESCRITORA A SECAS. Nuria Amat por Juan Goytisolo
La literatura escrita por mujeres no es algo nuevo: existe a lo largo de los tiempos -bastaría con citar los ejemplos de Safo y de las mujeres-relato de Sahrazad-, pero conservó su carácter minoritario y excéntrico hasta mediados del pasado siglo. Si nos ceñimos al ámbito de nuestra lengua, las excepciones al monopolio masculino -Teresa de Ávila, María de Zayas, sor Juana Inés de la Cruz- revelan la extraordinaria energía rupturista de quienes osaron adentrarse en un territorio hostil. Conducta impropia de su sexo, dirán algunos sesudos varones. Peor aún: anomalía condenada al silencio, como muestra el admirable ensayo de Octavio Paz sobre la autora de Primero sueño.
Por fortuna, las cosas han cambiado un tanto: después de la novela y poesía “femeninas”, objeto primero de burla y luego de condescendencia, la irrupción de la literatura feminista propulsada por Simone de Beauvoir y el Women’s Liberation Front aguzó de nuevo al filo de las críticas, antes de digerida y normalizada por la institución literaria europea y norteamericana. En la segunda mitad del siglo XX se trazaron nuevas fronteras y se delimitaron nuevos campos. La novela, la literatura y el pensamiento crítico podían ser específicamente “femeninos” (y mirados, claro está, por encima del hombro) o feministas (ciertamente incómodos, pero tolerados con paternalista resignación). Quedaban no obstante a la intemperie, en tierra de nadie, algunas figuras que no encajan en tal esquema. ¿Dónde situar a María Zambrano, Rosa Chacel, Ida Vitale, Blanca Varela, Ana María Matute y otras voces poéticas o narrativas reacias a toda normativa o clasificación? ¿Son, pueden ser, representativas de la supuesta alma femenina? Obviamente, no. Entran, como en la atera o coso de la política, en un espacio de durísima competencia. Han de abrirse camino en un gremio celoso de sus privilegios, “frente a pequeñas mafias”, dirá Nuria Amat, “en posición de ataque contra una literatura que jamás podrá pertenecerles”.
La autora de Deja que la vida llueva sobre mí -que acaba de publicar también Poemas impuros- no escribe obras femeninas ni reivindicativas. Tampoco novelas de temática previsible ni productos de venta fácil. No asume identidad alguna, ni siquiera la del “segundo sexo”. Sus fuentes de inspiración habrá que buscarlas en Virginia Woolf y Emily Dickinson, cuya poesía tradujo mientras componía el libro. Nuria Amat quiere ser, y es, escritora a secas. Su última novela -como La intimidad o El país del alma- contiene numerosos elementos autobiográficos, pero no es una autobiografía novelada sino una propuesta literaria que afronta el reto de la novedad y en la que el pasado vivido o imaginado se integra en el conjunto del libro como un componente más. Las contradicciones no asustan a la autora. Si afirma que “escribir es un desafío a morir”, admite también que “contar es traficar con la verdad”. “Embarazada de su mesa de trabajo”, se autodefine “peregrina de la letra” y prosigue su “cruzada en solitario”.
La cita que abre el libro, la respuesta de Hannah Arendt a una pregunta de Heidegger -”nunca me he sentido mujer alemana y, desde hace tiempo, he dejado de sentirme mujer judía. Me siento como aquello que soy, ni más ni menos: como una persona en tierra extraña”-, nos da la clave de su escritura en cuanto proceso de desidentificación. El rechazo de las identidades fijas, establecidas de una vez para siempre, ya sean nacionales, ideológicas, religiosas o sexuales en la medida en que excluyen lo ajeno y niegan la preciosa diversidad del ser humano, le conduce al contrario de los márgenes de lo consensuado, a esa periferia desde la cual la realidad puede ser vista en toda su complejidad, como un rompecabezas de difícil reconstitución. Así será “mujer, divorciada, hijastra, huérfana y escritora”. En suma, desterritorializada, como lo fue la autora de Orlando.
La propuesta de Deja que la vida llueva sobre mí, no reitera lo ya dicho y repetido hasta la saciedad. En una época en la que la letra tiende a convertirse en sierva de la imagen -de ahí el afán de parir novelas adaptables a la pequeña o gran pantalla- resulta tónico leer: “El televisor se ha convertido en un mueble sospechoso. Oculto y mudo como un general sin mando en el centro de un desierto”. El público lector puede escoger aún, no sé por cuánto tiempo, entre la propuesta literaria enriquecedora y el producto de consumo destinado al mueble sospechoso que le encandila con su ventanita abierta a la inanidad. -
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